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Como ya saben los lectores asiduos de este periódico, la Azucarera Santa Elvira gozó de una época de esplendor comercial que impulsó también el crecimiento industrial y laboral de León.
Recordando superficialmente lo narrado antes; Silverio Fernández Acebal, abuelo de nuestro confidente, Antonio, propuso a la empresa trasladar la Azucarera de La Rasa a León, corriendo con la confección del proyecto y desarrollándolo con sus propios trabajadores. Silverio, ya afincado en León y con la Azucarera Santa Elvira en funcionamiento, sería el primer ocupante del famoso Chalet del Director, que veremos derruir al final de este conclusivo artículo.
Antonio también nos recordaba diligentemente que el Sr. Astiárraga había sido el encargado de colaborar, junto a su abuelo, en la elaboración de los planos de la Azucarera, documentos a los que este curioso Flâneur no ha podido tener acceso.
Se ha vertido mucha información arquitectónica sobre la azucarera y sobre su historia, con fechas y datos objetivos, y también, durante el anterior artículo, se ha ahondado en la intrahistoria de las familias que poblaron las viviendas anexas a los terrenos de la fábrica, y que eran destinadas para los trabajadores. Pero aún quedan muchas dudas por resolver y anécdotas que contar. Ofrezcamos un increíble y estruendoso final para la narración de uno de los Edificios más Emblemáticos de León: La Azucarera Santa Elvira.
Cuesta creer que una fábrica tuviera que ver en el desarrollo y en el crecimiento de un barrio de León. Sobre todo cuando esta contaba con su propio economato, con su parque, con sus viviendas y casi en nada se mezclaba, a primera vista, con los demás vecinos. Error muy grave para el paseante ocasional, pues, tal y como nos confiesa J. Carlos Aguilera, la Azucarera Santa Elvira fue el motor del barrio de la Sal y de la zona de la Vega desde su apertura y, como reconoce Cony, supuso la muerte para el barrio cuando esta desapareció. Pero, ¿por qué era tan importante?
Para aquellos alejados de la fábrica, les resultará extraña esta afirmación, pero para los oriundos del lugar no puede ser más verídica. La Azucarera marcaba el ritmo vital de los vecinos de barrios aledaños. Cuando no había campaña, el horario laboral de la Azucarera era de ocho de la mañana a una de la tarde. Y de dos y media a seis de la tarde. Cinco minutos antes, y siempre a esas mismas horas, sonaba el silbato para indicar el comienzo del día. Ello, nos confirman vecinos del barrio, marcaba su ritmo y su organización, pues ese silbato suponía un reloj suizo para todos los habitantes de la zona.
Cuentan los asistentes a la mesa redonda celebrada en torno al libro de Cony Salomón, que recuerdan ver a los camiones, desde su vivienda en el cruce de Michaisa, hacer cola por toda la Carretera Zamora, ahora Doctor Fleming, ocupando la totalidad de la calzada repletos de remolacha. Antes de eso, eran bueyes y burros los que se encargaban de traer la remolacha de las tierras de cultivo de los agricultores.
Todos los camioneros, que descargaban la remolacha en la fábrica y debían hacer noche en León, disfrutaban de las pensiones que se constituyeron ante esta necesidad creada. Algunas, como El Bar la Barra, disponía de un bar, cantina y fonda, como ya hemos explicado en artículos anteriores de la serie.
Por ello, tanto bares, fondas, como comercios y establecimientos se vieron enriquecidos por la aparición de la Azucarera. Durante cincuenta y seis años la Azucarera permaneció en funcionamiento, dotando de vida a una zona cercana al centro pero separada del mismo por el río Bernesga. Esta felicidad se traducía también en las familias que habitaban las casas de la Azucarera. Padres e hijos que disfrutaron de espacios comunes en los que se realizaban numerosas fiestas de cumpleaños, donde escondían los regalos de los niños en el interior de las remolachas y calabazas.
Cony describía, al recordar estos episodios y ver cómo derribaban los edificios: «Han tirado toda mi infancia».
Muchos otros recuerdan los caramelos de azúcar que eran repartidos por todas las casas y que eran tan duros que era complicado masticarlos. Cueto afirmaba que provenían del caramelo sobrante de la maquinaria y que apenas sabían a remolacha.
El parque fue inaugurado por el cura de la parroquia del barrio de San Claudio, a la que pertenecían los terrenos de la Azucarera. J. Carlos nos cuenta cómo el cura también dispuso un autobús para acercar a los feligreses el domingo a la misma parroquia.
De ella ya hemos hablado en otras ocasiones, pero cabe destacar que fue impulsada por Paz Peña, consiguiendo ser enterrada en su cripta, allí donde descansa ahora.
Sin posibilidad de comprender que, aunque la fábrica fuera rentable, se determinase su cierre, sus puertas cerraron el 13 de abril de 1992. Nos cuenta Carlos que muchos se quejaron del hollín que encontraban en la ropa tendida o el mal olor que de sus chimeneas se desprendía. Pero los trabajadores aseguran que poco olor manaba de ellas y que no era un impedimento para mantener en funcionamiento una Azucarera económicamente rentable.
La empresa decidió no vender las casas a las familias que en ellas habían vivido durante años, consiguiendo que fueran abandonadas, cayendo así en el más absoluto de los olvidos. Carlos nos asegura que la maquinaria, que mucha se trasladó a Miranda de Ebro, fue cortada con soplete y arrancada de las vísceras de la fábrica. Debido a las muchas alturas del entramado arquitectónico, y para abaratar costes, arrojaban la pesada maquinaria a pisos inferiores para que se destrozase y venderla así como chatarra.
Este acto debilitó notablemente los cimientos, el suelo y las paredes de la azucarera. Las vigas de hierro fueron cortadas y vendidas y tan solo quedó un esqueleto inerte que fue asegurado años después. Como se ve en la siguiente fotografía, la chimenea principal se encontraba en tan mal estado tras años de abandono, que fue cortada y asegurada para evitar desprendimientos.
A modo de curiosidad, y de dato anecdótico, rescatemos la historia que nos cuenta Antonio acerca de una extraña licencia de obra que llega a su mesa, mientras aún ejercía como abogado del Ayuntamiento de León y entonces como letrado asesor del gabinete de urbanismo. Ese proyecto, una obra menor, consistía en desmontar el techo de la Azucarera con idea de extraer la maquinaria desde arriba, debido a que las puertas eran demasiado estrechas para que las atravesaran.
Gracias a su ímpetu y a su cercana relación con la fábrica que había construido su abuelo Silverio, y, después de sopesar la respuesta, llega a una conclusión. Queridos Flâneurs de León, habitantes oriundos y extranjeros; adoro el vagar del tiempo y las concatenaciones de los diferentes ardiles a los que nos somete con su azar, pues, de no haber sido Antonio el responsable de esa decisión, hoy ni rastro quedaría del esqueleto de la Azucarera que hoy ven nuestros ojos y todo el patrimonio industrial leonés hubiera caído en el más absurdo de los olvidos.
Antonio aprobó el proyecto para quitar la cubierta de la Azucarera, pero al sospechar que tras esa acción, algo podría esconderse, impuso una condición que nada agradó a EBRO Agrícolas, la empresa que por aquel entonces aún poseía la Azucarera y que había presentado el proyecto:
«Sí; que se conceda la licencia de obra menor» —dijo en su día Antonio—; «pero ha de estar condicionada a que después de quitada la cubierta, la repongan».
Sin lugar a dudas, una jugada magistral para evitar la pérdida del patrimonio. Por aquel entonces, haber eliminado la cubierta, supone Antonio que con intención de no volverla a colocar, hubiera supuesto el desgaste definitivo del edificio y el abandono eterno.
EBRO recurrió el otorgamiento de la licencia y el condicionamiento, llegando a tener problemas jurídicos con el Ayuntamiento, juicio que este último gana gracias a las gestiones de Antonio.
«Si a un edificio le quitas la cubierta, en tres años se convierte en una ruina».
No sabemos qué habría sido del esqueleto de la Azucarera sin la intervención de Antonio Fernández Polanco, pero habría perecido, seguramente, al paso y a las inclemencias del tiempo. De esta manera, aún podemos observar los vestigios de ese pasado industrial y de la querida Azucarera que construyó su abuelo Silverio, y en la que tantas familias encontraron la felicidad.
Desde esta perspectiva se observan los 3 bloques de viviendas en los que se desarrollaba la convivencia. Por desgracia, como se dijo ya, la fábrica aceptó varias de las condiciones impuestas por los sindicatos antes de que la Azucarera cerrase, pero no dieron su brazo a torcer; ni siquiera intentaron negociar la venta ni la cesión de las viviendas a los propios trabajadores.
Durante años, se propuso que las casas fueran reconocidas como vivienda sociales, pero los dueños de los terrenos se negaron. Después de mucho tiempo en un estado paupérrimo, sus continuas okupaciones y la insalubridad que esa ubicación significaba para el barrio, pues era cual mingitorio al que uno iba a hacer sus necesidades, determinaron su derribo.
Con fecha de 12 de octubre de 2014, se comunica la existencia de un incidente que dinamita la puesta a punto para el derribo de las viviendas. Detienen a dos hombres que, envueltos en una reyerta, se hieren mutuamente con navajas y cuchillos debido a una disputa que tenía como objeto a una mujer con la que ambos mantenían una relación personal. La situación social del barrio era tal que, debido a estos hechos y a los que, por culpa de los indigentes y okupas, allí se desarrollaban, convienen arrasar las casas de la azucarera.
Según el Informe sobre notificación Municipal del sector León-Alta Velocidad a la UTE Agelco S.A. Inmobiliaria Rio Vena y Vallermoso Promociones S.A.:
«Puesto en contacto en ese momento con el técnico municipal desde el departamento 4271-Obras y Proyectos, se nos confirma que los incidentes se han producido en los inmuebles abandonados de la Avenida Doctor Fleming, y que se nos hará llegar de manera inmediata un informe con el requerimiento de su demolición o, en su defecto su rehabilitación (cosa a todas luces inasumible)»
El 27 de enero de 2015 comienzan las obras de derribo de las casas de la famosa Azucarera Santa Elvira, perdiéndose con ellas los recuerdos de varias generaciones y convirtiendo las vivencias que allí experimentaron en escombros despojados de dignidad histórica.
Días después, el 3 de febrero de 2015 da comienzo el derribo de una de las edificaciones más importantes dentro de los terrenos de la Azucarera. El Chalet del Director. Se pierde todo lo que en su interior se encontraba, aunque muchos dicen que la famosa escalera se la debió llevar alguien, pues no podían permitir que se viniese abajo junto al resto de la casa.
El derribo de las casas era, seguramente, absolutamente necesario a efectos de salubridad, allá por 2015. La aparición de los Okupas, el mal estado de las viviendas, y los actos vandálicos habían convertido la zona en una peligrosa finca para los vecinos. Pero, ¿no se podría haber evitado todo esto? ¿No podrían haberse vendido los terrenos a los vecinos de la Azucarera, una vez esta hubo cerrado, para recuperar con su presente el legado de sus familiares?
El patrimonio humano que allí habitó se perdió para siempre, y el olvido se hizo con el lugar, reduciendo la maquinaria toda edificación a escombros insustanciales entre los que apenas se podía observar ya la vitalidad que una vez los unió, como cemento armado por la ilusión y la hermandad.
Como ya vimos en el primer episodio dedicado a la Azucarera, se presentaron varios proyectos que moldeaban la orografía arquitectónica del lugar, pero ninguno devolvía la vitalidad a un espacio que, hoy en día sigue abandonado y descuidado. Muchos han propuesto ideas, desde galerías de arte, hasta bibliotecas públicas, para reconvertir varios almacenes que aún permanecen vacíos en lugares de ocio para ser aprovechados por los vecinos del barrio.
Como colofón, no hay otra manera de cerrar este homenaje que con una propuesta. No hablo ya de invertir millones en un espacio reacondicionado, ni en movilizar a toda la plana gubernamental para transformar unas hectáreas olvidadas en una nave útil, cosa que a todas luces sería fantástica. Hablo de conmemorar la memoria y el trabajo de los habitantes del lugar con una placa colocada en la fachada de la Azucarera, recordando de esta manera la implicación de tantas personas que se ha visto vapuleada por la especulación y el impulso pecuniario.
Agradecer, ya por último, a Cony Salomón, por su fehaciente y exhaustiva investigación. A Ángel Cueto por compartir con tanta emoción su experiencia laboral en la Azucarera en aquella mesa redonda de noviembre de 2023. A J. Carlos Aguilera, con el que compartí una agradable mañana y me aportó gran parte de esta información que hoy les he hecho llegar yo. A Antonio Fernández, que con ilusión sacaba a la luz un último intento por salvaguardar el patrimonio de la Azucarera y que nos contaba cómo su abuelo llegó a construirla hace casi un siglo.
Nada más puedo decir, a todos vosotros, y a todos los que en algún momento impulsaron el pulmón del Barrio de la Sal; nada más puedo decir, que GRACIAS, por hacernos llegar la historia de uno de los Edificios más Emblemáticos de León.
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