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La creciente colaboración de países como Italia y Grecia con naciones de fuera de la UE para frenar la inmigración irregular ha tenido efectos que, al menos de manera temporal, han servido para frenar o ralentizar las llegadas irregulares de extranjeros. En Italia, por ejemplo, en 2024, se redujo a menos de la mitad respecto a las contabilizadas un año antes. Una disminución que también se produjo en Italia. No obstante, todas estas inversiones no han servido para paralizar la salida de personas de sus países natales, sino que han derivado en nuevas rutas, más peligrosas que las que había hasta el momento, redirigiendo a los migrantes hacia travesías hacia Canarias -lo que implica cruzar Oriente Medio, el continente africano de este a oeste y subirse a una patera en el Atlántico. Reflejo de ello es el incremento de personas asiáticas que llegaron en 2024 a España a través de la ruta atlántica, mientras que un año antes la mayor parte de los que huían de esta zona del mundo lo hacían a través de la ruta del Mediterráneo central o la de los Balcanes.
Verónica Laorden, responsable de Estudios e Investigaciones de CEAR, explica que el número de paquistaníes que llegaron a España en 2024 fue «el triple» de los que se habían registrado hace tres años. Según los datos publicados por la Agencia Europea de la Guardia de Fronteras y Costas, Frontex, correspondientes al año pasado, la cifra se sitúa en 243. «En 2023, entre el 76 y el 78% de las personas de Pakistán que llegaron a la Unión Europea lo hicieron a Italia, que era el principal país de llegada», explica Verónica, que en estos momentos se encuentra en pleno proceso de investigación sobre las rutas que utilizan las personas procedentes de esta parte del mundo hacia España.
Sin embargo, desde CEAR han constatado que «en 2024 se ha producido un cambio de tendencia». Un incremento que también se ve reflejado en el informe que Caminando Fronteras hizo público a finales del año pasado, en el que contabilizaban la muerte o desaparición de personas procedentes 28 países, entre los que se encuentran Pakistán, Bangladesh, Afganistán, Egipto o Islas Comores.
Laorden achaca este cambio en las rutas a las políticas de cierre de fronteras que está implementando la Unión Europea, sobre todo desde que la Comisión Europea dio el visto bueno al Pacto Migratorio, con las que pretenden «que no entre nadie», y a la creación de centros de gestión en terceros países, como el controvertido albanés o el que podría llevarse a cabo en Ruanda. La responsable de Estudios e Investigaciones de CEAR define estas instalaciones como «centros de externalización de fronteras hacia «países que no respetan los derechos humanos». «Van a seguir poniendo -los países europeos- mucho dinero porque se sigue viendo la inmigración como una amenaza», explica.
La ruta más constatada, en lo referente a la llegada de personas asiáticas, hasta ahora es vía aérea. En el caso de los paquistaníes, por ejemplo, cogerían un primer avión con destino a Dubái o Catar. De ahí, los migrantes tienen dos opciones. La primera sería avanzar hacia Kenia para llegar a Senegal y, posteriormente, cruzar hacia el archipiélago. La segunda, para aquellos que puedan permitírselo económicamente, sería subirse a un segundo avión con destino España o Mauritania. En el caso de aterrizar en el país africano, también deberán subir a un cayuco para cruzar el Atlántico y llegar a Canarias.
Unos trayectos sobre los que todavía no se conoce cuánto pueden llegar a durar, ya que depende de las circunstancias de cada uno y de las decisiones que tomen las mafias que se encargan de organizar este tipo de viajes. No obstante, Verónica Laorden asegura que puede demorarse durante varios años. Y aunque «generalmente las personas migrantes de origen asiático van en avión», según explica la investigadora de CEAR, también hay quienes optan por cruzar África por tierra, poniendo aún más en peligro, si cabe, su vida.
Las razones detrás de este aumento son diversas. Factores como la inestabilidad política, conflictos armados y dificultades económicas en países como Pakistán, Siria, Sri Lanka o Bangladesh impulsan a muchas personas a buscar rutas alternativas hacia Europa y, aunque muchos siguen optando por dirigirse hacia los países del Mediterráneo central, cada vez es más habitual que viajen a través de la ruta canaria, a pesar de ser considerada como la mortífera.
Ejemplo de ello son las 174 personas que arribaron a El Hierro, la isla que se ha convertido en la principal vía de entrada a España y que más presión está soportando en estos momentos, de los que 48 procedían de Pakistán y tres de Siria. Dos meses después, hubo otras dos embarcaciones con 65 paquistaníes a bordo e, incluso, se han llegado a registrar pateras en las que viajaban más personas procedentes de este país que de origen africano, como el 17 de diciembre, cuando 52 de los 75 ocupantes procedían de este territorio.
Pakistán es el origen que más ha crecido en los últimos registros de las organizaciones dedicadas a la atención de los migrantes. Pero no es el único. También se ha incrementado el número de personas que alcanzan la costa canaria desde Afganistán, un país gobernado por los talibanes desde 2021 y en el que se han ido restringiendo los derechos, sobre todo en lo que respecta a las mujeres, que ya no pueden siquiera hablar en público.
Irán es otro de los países desde donde sale cada vez más gente con destino España. ¿El motivo? La pobreza, el gobierno autoritario, la falta de derechos… Las ONG también han verificado la llegada de iraquíes y sirios. La gente huye de estos países por una combinación de conflictos armados, violencia sectaria, persecución política y crisis humanitarias. En Siria, la guerra civil iniciada en 2011 ha dejado millones de desplazados por los bombardeos. En Irak, por su parte, la inestabilidad causada por décadas de guerra, la insurgencia del ISIS y las tensiones entre grupos étnicos y religiosos han generado inseguridad y desplazamientos masivos.
Una vez que salen de todos estos países y logran cruzar Oriente Medio, se dirigen hacia el este de África. Egipto, Sudán, Etiopía o Eritrea son algunos de los territorios a los que viajan.
La mayor parte de las rutas que comienzan en Oriente Medio pasan, en algún momento, por Libia para, posteriormente, dirigirse hacia Argelia, Marruecos y Mauritania, desde donde salen una gran cantidad de embarcaciones hacia Canarias. El problema es que el paso por este territorio es «muy peligroso para los migrantes», explica Laorden. Lo mismo ocurre con Túnez y Marruecos, así como con Argelia. Todos ellos, naciones con las que los Estados miembro de la Unión Europea han firmado acuerdos de colaboración para frenar la inmigración irregular.
Además de los riesgos de sufrir abusos o explotación laboral -muchos migrantes tienen que trabajar durante el trayecto para poder costear el viaje- a manos de las mafias, que les confiscan sus documentos de identidad «para tener la vida de estas personas en sus manos y pierdan toda posibilidad de libertad», los migrantes se exponen a ser detenidos en condiciones infrahumanas. «Cuanto más se alargue la ruta -son más de 10.000 kilómetros desde Pakistán-, más van a tardar y, por tanto, más peligros se van a encontrar», explica la responsable de Estudios e Investigaciones de CEAR. Añade que todo ello supone que quienes se dedican al tráfico de personas se van a «aprovechar más ellos y les van a poder extersionar todo lo que quieran porque los migrantes dependen completamente de ellos».
«La situación en todos los países de tránsito es complicada, sobre todo cuando además eres una persona que está sin documentación», explica Laorden. Algo que, según esta experta de CEAR, va a ir acentuándose cada vez más a medida que los países europeos implementan políticas para cerrar sus fronteras a aquellas personas que huyen de guerras y pobreza. «Es muy triste que intenten estrechar relaciones con los países vecinos y lograr que se frenen, como sea, las llegadas», apunta.
La ruta cruza el desierto de Baluchistán, donde las temperaturas pueden superar los 50°C de día y caer drásticamente de noche. Algo que también sufren quienes intentan cruzar la frontera de Jordania, Túnez, Marruecos y Mauritania a pie, que se arriesgan a padecer deshidratación, insolación y muerte en zonas deshabitadas.
Además de la falta de agua en los trayectos en los que los migrantes cruzan los distintos desiertos, también se exponen a morir de hambre como consecuencia de las condiciones en las que los traficantes trasladan a estas personas de un lugar a otro, muchas veces sin dotarles de comida y sin posibilidad de que la puedan adquirir por su cuenta.
Irán ha reforzado sus controles fronterizos con muros, torres de vigilancia y drones y la policía del país ha sido acusada de disparar a migrantes que intentan cruzar de manera irregular. Unas medidas que han aplicado la mayor parte de los países con los que existen 'acuerdos de colaboración', como Turquía, Libia o Marruecos.
Muchos migrantes quedan atrapados en redes de trabajo forzado, especialmente en fábricas textiles, construcción y agricultura en países como Turquía, así como entran en cárceles y centros de detención para migrantes en condiciones inhumanas y de hacinamiento.
En la mayor parte de los países por los que cruzan el continente africano, hay presencia de redes de tráfico de personas, cobrando grandes sumas de dinero y sometiendo a los migrantes a abusos, secuestros y extorsión.
Baluchistán, la región fronteriza entre Pakistán e Irán, es un área de conflicto donde operan grupos separatistas y terroristas. Pero no es la única, hay muchos países en los que existen conflictos bélicos que los migrantes se ven obligados a cruzar a pesar de que ponga en riesgo su vida.
La policía y el ejército egipcio realizan redadas constantes en busca de migrantes sin documentos, quienes pueden ser encarcelados o deportados. No son los únicos. Son prácticas que también se llevan a cabo en otros países como Libia o Túnez, en gran parte como consecuencia de la financiación que les llega desde la UE.
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El aumento de la inmigración asiática irregular hacia Canarias refleja un cambio en las rutas migratorias, un fenómeno que plantea desafíos humanitarios y de gestión para las autoridades, que deben equilibrar la seguridad fronteriza con el respeto a los derechos humanos.
La llegada al poder de los talibanes en Afganistán, en 2021, y el recorte de derechos humanos que conllevó, provocó que millones de personas nacidas en el país buscasen salir de ella en busca de un futuro seguro. Batol Gholami, una joven de 26 años, fue una de las que realizó este viaje hacia España. «Estaba en shock», explica en relación al momento en el que comenzó a preparar la travesía, que comenzó el 25 de septiembre de 2022, hacia un destino sobre el que lo único que había escuchado era «de fútbol». «Tuve que prepararme físicamente y mentalmente», añade.
La primera etapa de su viaje, sin la compañía de su familia, fue en dirección a Pakistán. Explica que, en su caso, en comparación con los afganos que salieron del país durante el primer año de los talibanes en el poder, la travesía fue más complicada. «El Gobierno prestó más atención a los refugiados que llegaron a España durante el primer año de la caída de Afganistán», señala.
En Pakistán, estuvo esperando casi un año, 11 meses, hasta que logró un visado humanitario con el que poder viajar e instalarse en España. Un periodo en el que se sintió, además de sola por no estar acompañada de su familia, «muy asustada». «No tenía a nadie que me guiara y tenía miedo de qué hacer en España porque no conocía el idioma ni tenía recursos», cuenta Batol.
Dubái fue el segundo destino al que llegó Batol. Allí, cogió un vuelo con destino Madrid, en el que conoció a un joven pakistaní, que estaba realizando el mismo viaje que ella y que, en cierto modo, logró darle cierta seguridad. «Le pregunté la puerta de embarque y a partir de ahí comenzó nuestra conversación», relata. Y aunque nunca ha perdido la esperanza de que su vida mejoraría tras huir de los talibanes, asegura que «vivir como refugiado de Afganistán en España es difícil desde diferentes perspectivas: la vida, el idioma, el hogar, el trabajo, la independencia y la integración».
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María Díaz y Álex Sánchez
Álvaro Soto | Madrid
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