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Entre los diez primeros en llegar al patio de butacas del Teatro Real estaban la 'gasolinera' Mapi de Castellón y el 'naranjito' Álvaro de Málaga. Aguardaban en la cola desde el día 19. Les acompañaba el Obispo, que tiene una década en el patio de ... butacas. Desde hace un par de años esta logia tiene un grupo de WhatsApp, llamado «Los mejores de la lotería. Juntos alquilaron un par de habitaciones en un hostal del centro de Madrid para descansar por turnos. Ellos estarían en primera fila para presenciar una de las mañanas más raras de la Lotería de Navidad: ganadores entre los asistentes y premios seguidos.
También estaba el Papa, que en realidad se llama Jesús y viene de Cantabria. Llevaba encima el cupón «de los cinco ceros» y reconoció que hubo fricciones eclesiásticas en la puerta, casi una contrarreforma, porque el Obispo le adelantó ya adentro y él le dejó pasar, y arrebató el honor de ser el primero en pisar el recinto teatral. Conocidos de muchos años, algunos hasta doce, este puñado de hombres y mujeres que se disfrazan se han ganado entrar a las 7:00 horas, un poco antes que los demás que esperan en los alrededores de la plaza de Ópera. El resto del público comienza a gotear a las 7:54.
Este año que se celebra la Lotería de Navidad con asistentes tras la pandemia, hay parejas vestidas igual como Papa Noel y ositos, muchos gorritos rojos con luces, un hincha del Atlético, otro vestido de billetes falsos y un Quijote dorado con su fiel escudero. «Don Quijote y Sancho Panza que no pierden la esperanza», glosa el flaco. La decana es Manolita que con 85 años es la única que no espera a la intemperie y que tiene un asiento reservado.
Minnie es la más joven del grupo. Tiene 19 años y, por primera vez, asistía «con las gasolineras», relataba. «Yo sinceramente pensé que me iba a aburrir de estar cuatro días en la cola. Pero no te aburres nunca». Ahora es parte del floklore navideño con su traje de gata y el maquillaje que a duras penas resiste el madrugonazo. «Los conozco desde el lunes y ya los quiero un montón».
El protagonismo de todos ellos se diluyó cuando los 20 niños del Colegio de San Ildefonso que cantaron los premios salieron a escena. A las 9:15 tocó el primero, de 1.000 euros. Poco después, un número con tres ceros, el 00403, arruinaba el compás de la canción.
Prestar atención a los números es como contar las olas en la orilla de la playa. Pero los asistentes se mantuvieron atentos. Al menos uno no pestañeaba: el que daba el primer aplauso cuando salía un número como el 29.000. No hacía falta un buen premio o el final de un alambre para desperezarse y entrar en calor. Por ejemplo, los nervios hicieron perder el tono a una niña, y el público la aplaudió para animarla. Ella siguió con gorgoritos hasta que entró en confianza y su voz se hizo firme.
A los primeros niños no les tocó cantar ningún gran premio. Es otra clase de azar. Que canten el máximo forma parte de la competitividad entre ellos. «Todos quieren cantar el Gordo», reconoce la directora de la residencia de San Ildefonso, Carmen Jiménez. Pero sobre todo importaba a los padres, que aguardaban nerviosos en los palcos, dispersos por el teatro. Que el hijo anuncie el primer premio es un motivo de orgullo. Un mérito que depende de la suerte, como el mismo hecho de hacerse millonario en la lotería.
Los pequeños asumieron el reto de ser la voz de la suerte, y se exponen ante millones de españoles, con mucho ensayo y nervios. «Me ha costado dormir. Casi no he dormido», admitía Luis, uno de los cantores, de 11 años y cuatro colaborando con la Lotería Nacional. «En 2019 canté el segundo premio», aseguraba quien, como los otros de su escuela, pasan el año con exigencias extracurriculares, como probar la voz, hacer buena pareja con la persona asignada, ensayar la dinámica con guion de la empresa lotera. Este 2022 se «estrenaron» tres niñas y cuatro niños, anunciaba Jiménez. Pero también estuvieron los que cambiaron de papel, de atrás del bombo a la parte frontal.
Perla, una mujer que está en el teatro con sus dos hijos, se gana el Gordo. El público estalla en júbilo y la rodean. Pero debe abandonar el salón. Tiene un ataque de ansiedad. Después del subidón que su buena suerte dio a los asistentes, el salón se va vaciando. La gran alegría del premio de Perla da paso al silencio y la pesadez. Casi nadie vuelve a aplaudir. Hasta que tocan otros 60.000 euros y otra mujer salta de su asiento. Ha ganado un décimo de un quinto, es decir 6.000 euros. Avanzado el tiempo, otro quinto y en seguida, exactamente detrás de éste, otro más. Dos seguidos, otra rareza que se agrega a los ganadores en el salón.
El Grinch subió al servicio a quitarse el maquillaje. Eran las 12 y media y todavía quedaban algunos premios por repartir. El Grinch estuvo en la cola desde el día anterior en la tarde. Lo del Gordo en la sala le pareció «emocionante» pero quería llegar a casa a terminar de quitarse el color verdoso que corre por su cuello. «En la vida había visto que tocara el Gordo en la sala», sentenció el Obispo. «Hace unos años un chaval había ganado un quinto aquí. ¿Pero el Gordo? En la vida. He sido privilegiado de vivirlo, aunque no me haya tocado a mí». La mañana más extraña de la Lotería de Navidad termina con languidez. Afuera del teatro se abre paso la celebración de los ganadores.
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