
El 15 de marzo de 2022, un extraño polvo cubría por completo la provincia de León. El rojo se apoderó del cielo y dibujaba una imagen diferente, pocas veces vista, y que elevó los niveles de concentración de partículas en el aire a «extremadamente desfavorables» para la población.
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En la provincia de León fue La Robla la que se llevó la peor parte según los datos ofrecidos por la Dirección General de Calidad y Evaluación Ambiental del Ministerio para la Transición Ecológica en el Índice Nacional de Calidad del Aire. El medidor en el municipio alcanzó los 372,628 microgramos por metro cúbico, ocho veces más de lo que recomienda la Organización Mundial de la Salud.
La mala calidad del aire fue culpa de la borrasca Celia que impulsó vientos desde el desierto del Sáhara y que provocaba ese empeoramiento paulatino de la calidad del aire, lo que provocó que Castilla y León viviera esa tarde y durante la jornada siguiente en valores «extremadamente desfavorables».
La ciudad de León no escapaba a este fenómeno que llegó a tildarse como «histórico y nada habitual». Los vehículos amanecían cubiertos de un polvo rojizo, el calor se apoderaba de ese martes con temperaturas constantes de hasta 20 grados y el polvo en suspensión teñía el día e impedía ver con claridad el sol. A ello se sumaban los monumentos de la capital, con una sombra nunca antes vista que cambió su imagen habitual durante varias horas.
Aquel episodio de intensa calima ha sido objeto de estudio para analizar a que se debió que ese polvo sahariano llegase a latitudes tan altas y con esa concentración tan alta.
El primero en arrojar resultados fue el Consejo Superior de Investigaciones Científicas que hablaban de la excepcionalidad de aquella jornada y recordaba que otras calimas que han afectado a la península apenas superaban los 100 microgramos por metro cúbico, muy lejos de los 372 que registraron localidades como La Robla y que se multiplicó en otras provincias más al sur. Y todavía más disparadas si hablamos de zonas como Almería en las que se registraron entre 1.500 y 3.100 microgramos por metro cúbico.
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Tal y como recoge SalamanacaHOY, Science Advances confirmó estos días que aquella nube sahariana contenía cesio y plutonio, componentes radioactivos, en concentraciones no peligrosas.
En la Universidad de Oviedo han podido comprobar que en diferentes pruebas recogidas se encontraban isótopos radioactiovos de ambos elementos. Para dicho estudio lograron reunir 110 muestras de polvo sahariano de seis países europeos tras un llamamiento en redes sociales para que la población participase, explica El País.
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El cesio alcanzó los 14 bequerelios, muy lejos de los límites legales para la alimentación, aunque su nivel solo era peligroso para aquellos que estuvieron expuestos a la calima de forma constante.
Los elementos radiactivos tenían su origen en ensayos con bombas nucleares de gran potencia que Francia realizó en el Sáhara durante los años 60. En concreto, las primeras pruebas fueron entre febrero de 1960 y abril de 1961, cuando militares franceses realizaron cuatro ensayos al sur de Argelia.
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