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Tras el periodo vacacional de la semana santa, habiendo ya dado un gustoso paseo por las tradiciones que la conforman, dando a conocer también la historia de la avenida Independencia, emprendemos ahora un viaje hacia el pasado. Por supuesto, esta calle en la que nos encontramos, de una fama sin medida, es céntrica, muy próxima a la Catedral, pero nuestra entrevistada nos ha pedido no desvelar su ubicación concreta. Esperemos, con las indicaciones aquí vertidas, que el curioso lector sepa identificarla y reconozca, en su plano urbano, las labores que intentaremos esbozar a continuación.
Me siento, al abrigo de una cálida tarde de abril, de esas en las que el tiempo parece anacrónico y un sol abrasador te obliga a desprenderte del abrigo, en un banco del parque de San Francisco. Allí me reúno con una misteriosa persona, cuya identidad también deseamos preservar. Me narra, iluminada por un haz de luz privilegiado, las experiencias de un pasado casi centenario, en el que ya pocos leoneses han habitado, pero cuyo recuerdo marca, sin duda, el devenir de su legado.
Navegaremos por el tiempo para rendir un homenaje a todos esos trabajadores que, incansablemente, sorprendían a aquella niña que desde la ventana de su casa les observaba desarrollar su trabajo, construyendo, incansablemente y bajo el yugo del anonimato, un León que funcionaba con un reloj suizo.
A primera hora de la mañana, y hablamos, para centrarnos, del año 1944 o 1945, una vez a la semana bajaba esta curiosa niña, de nombre inventado Almudena, a la tienda del barrio para solicitar, con premura, un trocito de carne de morcillo, un pedazo de hueso y tocino. Este pecado alimenticio, que por su alto contenido en calorías es poco recomendable repetir hasta la saciedad, era la comida típica, semanalmente, de la familia, y del barrio. Pues todos seguían el mismo patrón. El cocido es esa comida, autóctona de cada uno de los diferentes puntos de España, en cuya receta siempre hay disparidad y variedad. En algo coinciden todos los que lo elaboran o lo degustan, pues sus madres son quien mejor lo preparan. Se equivocan, pues no hay quien mejor lo haga que la mía.
Pasaba, a continuación, el caballero que, encintado en su elegante traje corporativo, iba casa por casa, con el esfuerzo que conlleva subir cada uno de los peldaños de los altos edificios, hasta las viviendas para cobrar los recibos de los gastos comunitarios y privados. El recibo de la luz, del gas, etc. Su labor, seguro que desconocida para muchos de ustedes, pero admirada por aquella niña, Almudena, que siempre se asomaba a su puerta para conocer el rostro de quien por León y por su trabajo tanto amor demostraban.
Dos toques de corneta parecían llamar a Almudena. Desde su habitación, se aproximaba a su ventana para observar al basurero de León, que no dejaba de ser el trabajador de turno, que normalmente tiraba de un pequeño burrito que arrastraba el carro en el que los leoneses vertían su basura. Dos toques con la corneta, y, como musical de Broadway, todos los vecinos, al unísono, salían de sus domicilios para tirar el cubo repleto de desperdicios. Un error, corrige ahora Almudena. Este Odonista piensa que la basura, tal y como la conocemos hoy en día, se disponía en una típica bolsa del supermercado más cercano, separando convenientemente los plásticos, los cartones y los residuos orgánicos. ¡Para nada! —nos reconoce Almudena—. Toda la basura era CENIZA.
En efecto. Toda casa poseía, en el seno de su espacio vital, una cocina de carbón, a la que lanzaban la basura para convertirla en ceniza, que el barrendero llevaba después al vertedero más cercano.
Esto del carbón parece activar un recuerdo en la memoria de Almudena, que nos avisa que, pocos minutos después, pasaba el carbonero, con cuatro tipos diferentes de carbón, dependiendo de su consistencia, su valía, y su facilidad para prender. Ellos eran, el de bolas u ovoide, Altracita, Granza, y Grasso, siendo este último mejor en calidad precio, pero manchando más que ninguno de ellos.
Todo listo para el desayuno, pasaban entonces las lecheras que, de casa en casa, acudían a los domicilios con sus cántaros repletos de leche recién ordeñada, acompañadas siempre de sus medidas, de un litro y de medio.
Con los bares recién abiertos, restaba el avituallamiento de sus despensas, llegando siempre, a buenas horas, el refresquero, que traía consigo no las latas de CocaCola o de Fanta en continentes individuales, sino los grandes sifones repletos de los líquidos solicitados por los establecimientos. Desde la casa de Almudena, ya asomada de nuevo a la ventana, escuchaba las voces de los trabajadores, que preguntaban al hostelero qué cantidad de hielo precisaba aquella tarde.
—Media barra de hielo —apreciaba el camarero.
¿Cómo que media barra? Se preguntarán ustedes. Pero Almudena bien sabía a lo que se refería. Del camión, congelado en su interior por la acción del frío, sacaban gruesas y alargadas barras de hielo que el encargado debía manejar con la ayuda de sus manos y de una cinta de goma con las que las manipulaba sin quemarse por la acción ardiente del contacto con la superficie. Con una pequeña sierra, cortaba al gusto del hostelero la barra de hielo y la introducían en las cámaras dispuestas para ello. Un verdadero espectáculo desde la ventana de Almudena.
Al ser lunes, la niña observaba cómo la camioneta de las Lavanderas de Ferral del Bernesga se introducían por su calle, con una inmaculada operación coreográfica, solicitando las prendas sucias, comúnmente sábanas y toallas de grandes dimensiones, que llevaban a lavar a su sucursal y que a mediados de semana devolvían limpias a sus dueños.
A media mañana llegaba el cartero que, como el cobrador de recibos, también subía casa por casa, ante la ausencia de buzones comunitarios en los que dejar la citada correspondencia.
Almudena era servicial y obedecía a su digna madre, que solicitaba su marcha inmediata al zapatero, para que remachara las puntas de varios zapatos que, por la época disponían de ellas. Allí, de nuevo en la calle, la niña se encontraba con los pobres hijos de los comerciantes que desempeñaban las labores de mozos de almacén, ayudando a sus padres a mantener vivo el negocio. Casi explotados, según argumenta Almudena, servían para cualquier oficio que se tuviese que realizar con inmediatez, siendo repartidores, limpiadores, dependientes y cristaleros. En especial, rescata Almudena los tortuosos y fríos inviernos de León, que con las heladas tomaban los cristales de los comercios. Allí veía al obligado mozo de la tienda, limpiando y sacando brillo al cristal del escaparate con una hoja de periódico antiguo.
¿Cuál era el resultado de esto? Los temidos sabañones, que salían tanto en manos como en pies, debido al frío y a la gran irritación de las extremidades de los más pequeños.
Por la tarde aparecían en la calle las berlinas de los altos cargos militares, empujadas por los sementales de alto pedigrí que se criaban, por aquel entonces, en el Convento de San Marcos. A los bares circundantes iban a jugar la partida los militares, que dejaban atados a sus caballos, permitiendo que estos esparciesen sus desechos biológicos por la calle más lustrosa de León, que luego tenían siempre a bien limpiar los barrenderos.
Desde el fondo de la calle veía Almudena cómo se acercaba un hombre con una gran escalera de madera siempre al hombro, dispuesto a mirar los contadores de la luz, que se encontraban en las viviendas, de forma individual y colocados en el punto más alejado del suelo, sufriendo el trabajador por la alta altura de los techos de aquellas antiguas habitaciones.
El sol se despedía, en este invierno tan cruel, a una hora muy temprana, y era trabajo del farolero ir prendiendo, una a una todas las farolas de la capital. Con una pértiga, paseaba por las calles de León, despreciando la oscuridad en la que la noche había sumido a la ciudad.
Entonces, con los portales cerrados, llegaba un despistado a casa, que precisaba la ayuda del último hombre que se va a dormir en León. Dos palmadas bastaban para avisar a ese certero empleado, que vagaba bajo la nocturna amenaza de lo oscuro y lo desconocido. El sereno aparecía y abría el portal, para dejarte avanzar hasta tu domicilio.
Ya con toda la tripulación en el barco, Almudena podía abandonar la ventana, lista para acostarse y dejarse llevar por la ensoñación, que conducía a la pequeña hacia un nuevo día cargado de emoción, de trabajadores que permitían funcionar el engranaje de una ciudad, y dispuesta a afrontar las peculiares aventuras en las que se vería involucrada.
Hoy Almudena pasea, casi ochenta años después, por las calles de ese León en el que habitó su niñez, y enciende, cuando la noche aguarda, las farolas de su León olvidado, con la ilusión de una mirada infantil repleta de luz y de emoción.
Se despide de Almudena este Odonista, que se adentra por una calle desconocida del centro de León, para recordar con amor y pleitesía a todos los trabajadores a los que hoy hemos intentado rendir un pequeño homenaje.
Avancemos hacia lo ignoto, hacia el secreto mejor guardado de la Avenida Ordoño II, y hacia las fotografías olvidadas en el tiempo, de nuestro querido y amado León. Conozcan, dentro de una semana, la curiosa historia de las inéditas imágenes que un día un lector me hizo llegar.
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Almudena Santos y Lidia Carvajal
Óscar Beltrán de Otálora y Gonzalo de las Heras
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