
...Y sin embargo, la melodía de Bach, que parece no querer finalizar jamás, se eleva como un cántico sombrío, como un lamento más allá de la vida y de la muerte, que sumerge al oyente en un estado de contemplación y soledad, sin parangón en la historia de la música.
Recuerdo que, tras haber regalado a Raúl Ferreras la grabación de 1955 que Glenn Gould realizara de las Variaciones Goldberg, cada vez que me encontraba con él comentábamos algunos aspectos de un registro que le había impactado especialmente. El oído de Raúl era privilegiado y me parece verle concentrado, con la mirada baja y la mano en el rostro, con actitud pensativa, escuchando algunos de los discos que algunas veces le llevaba a su querido Estudio Caskabel.
No entiendo como el destino me pudo jugar tan mala pasada. Al filo de los cuatro años de su desaparición, un 27 de diciembre de 2003, no puedo por menos que lamentar el desconocimiento de todo lo relativo a su enfermedad y posterior fallecimiento, coincidente con una serie de circunstancias familiares por las que atravesé durante ese período. Tengo una sombra de amargura dentro de mí, imposible de borrar, por no haber podido coger la mano al amigo en sus siete meses de lucha contra la enfermedad. Y él se debería de haber llevado de esta vida, entre otras muchas satisfacciones, la de saber que, poco después de su muerte, pude liberarme de aquello que Raúl me reprochaba a cada instante: mi trabajo.
Desde entonces, las sombras parecen acechar detrás de toda la música que me rodea. Escucho a Bach y la soledad se posa en mí como una pátina de dolor que engulle la conciencia. Son los años, me digo. O quizá la mirada que percibe el mundo con un gesto diferente y más real. Sé que me hubiera gustado tomar prestado, como título para estas palabras, el que utilizó Malcolm Lowry en su novela: Oscuro como la tumba donde yace mi amigo. Pero las cenizas de Raúl tienen mucho de luz y transparencia, mecidas por las aguas del mar Cantábrico, en su amada playa de Andrín, muy cerca de Llanes. Mar y montaña unidos en el lenguaje secreto del aire que es diferente a cada instante.
Cuando escribo estas palabras en vísperas de Navidad, vuelvo a escuchar las Variaciones Goldberg interpretadas por Glenn Gould. Las escucho en la última versión, la de 1982, repletas de una atmósfera de presagios; el pianista canadiense moriría poco tiempo después, en el mes de septiembre, a los cincuenta años de un infarto cerebral. Percibo en esta grabación la soledad del hombre ante la noche eterna de la muerte. El adagio de Bach es una tremenda bofetada de desolación que deja en el alma la cicatriz de lo perecedero; una melodía que parece no tener fin, que se perpetúa como la propia memoria de Raúl acunada por el eterno rumor del mar. Pero entiendo que cada audición reposada, rodeado de oscuridad y absoluto silencio, es una eterna presencia de su memoria, un callado diálogo que emprendemos desde la magia sagrada de la música que tanto nos unió.
Sé que Mª Nieves, su esposa, y sus hijas Katya y Mónica, guardan la memoria de Raúl con un amor inextinguible y con un agradecimiento entrañable por lo que significó en sus vidas. Mantener su amistad es como una garantía de que vuelvo a reencontrarme con lo que él más quería y con algunos de los gestos característicos de mi buen amigo encarnándose en sus hijas.
Cuando el próximo 27 de diciembre se vuelva a celebrar la misa de cabo de año, que puntualmente se oficia en la parroquia de San Roque del Acebal (Asturias) en su memoria, volverán a elevarse desde el mar los sonidos precisos de una melodía; el eterno e inmutable rumor del mar rompiendo sobre la playa desde la que Raúl Ferreras escucha la mejor de las músicas.
Bach escribió una melodía indestructible en la nº 25 de sus Variaciones Goldberg. Es posible que en esos compases esté encerrado un microcosmos que sobrevive a la bóveda universal de la muerte. Todo lo demás es aniquilación y al escuchar a Glenn Gould revivo la sonrisa de Raúl, mientras que su rostro, más humano que nunca, contempla en paz y sin lucha, el mar lejano.
Poco a poco nos vamos convirtiendo en sombras. Ahora conoces el significado exacto de las preguntas más eternas del hombre. Todos nos vamos escondiendo en la noche, en la servidumbre de las edades. Se difuminan nuestros contornos en la sólida mediocridad de lo cotidiano. Y sobre la muerte, sobre la lluvia que cae tras los horizontes, existe una predestinación a mirar más allá de la realidad, a sentir que lo divino anida en la mirada humana. Raúl, la noche humana invita a compartir esta infinitud que parece rodear el corazón del hombre. Es la presencia de tu sencillo lenguaje de la bondad. Y al otro lado, en la memoria de la vida, en el camino hacia la grandeza del arte, nos refugiamos en el infinito, en la belleza universal. Sí, somos sombras cautivas y tú fluyes en nuestros corazones con la inefable esperanza de ser ya vida sin tiempo. Es tu recuerdo un abrazo de estrellas, una música sin notas ni pentagramas que se construye a sí misma y late, más allá de la esfera de los astros, en el aliento de la noche mientras esperamos el alba de la divinidad.