
...y, cómo no, de primarios cortejos —soy de aquella generación de la que Jesús Torbado escribió en “Jóvenes a la intemperie”—, me gustan los parques y los jardines públicos. Eso sí, abiertos. Los cerrados me suenan a presunción de inseguridad, como que me susurrasen un ojo al vecino con el que en él me cruzo, como que nos convirtiesen a unos en presuntos peligros para los otros, no como convecinos que al igual que yo los disfrutan. Nunca tuve un disgusto en parque alguno, ni de joven, ni de mayor, ni ahora que ya juego segundos tiempos, acaso prórrogas, nunca, ni aquí, ni allá, ni más allá.
Aún así, al principio el verbo –sonido o sonidos que expresan una idea- del cartel de marras que reproduzco me hizo gracia. Un fruto más del apresurado desvelo de nuestros munícipes por facilitarnos la buena organización de nuestros quehaceres, me dije. De manera absurda, pero, en fin, al menos avisan de su empeño por privarme, o privarnos, del nocturno gozo de los parques (nada grave en sí, si obviamos el libre albedrío).

Pero como cada día me encuentro dos veces con el aviso, pues, poco a poco, uno empieza, como sin querer, a analizarlo. Y así, uno ve que lo más importante del mismo –ocupa más de un tercio de la superficie- no es el aviso en sí, sino quien lo da, quien nos avisa, quien ordena, el Ayuntamiento de León, esa institución de la que somos socios todos los leoneses en él censados y cuya gestión –siempre con esperanza de bondad- encargamos cada cuatro años a los voluntarios que a ello se presentan y que tan encarecidamente nos piden nuestro apoyo, nuestro voto. Ellos, o lo que encarnan, son quienes dan el aviso, ellos, el poder. La autoridad casi nunca necesita de letras tan desproporcionadas que le roben espacio a lo sustancial, al aviso en sí; el poder, por el contrario, bastantes veces. Es una manera como otra de las que el poder usa para autoafirmarse, para sentir que se ostenta –acaso forme parte de su presunta erótica, por más que abunden aspectos de gatillazo, que a pocos se les ve felices, plenos, gozosos; envidiables, vamos-. Un ¡Que se note quien manda!
Consecuentemente, el texto del aviso es más bien confuso y deplorable. ¡“Horario del parque”! Pobres castaños, pobre tilo, pobres cedros, pobres árboles todos, pobres flores, pobre Neptuno, pobre Francisco, teniendo que instalar y recoger sus raíces y bártulos a tales horas. Con lo fácil que sería dejarlos ahí, en la perennidad del parque, y restringir si acaso, y dado el empeño, regular el “uso” o, mejor, el “uso público” del parque que conforman desde antiguo y cuyo perímetro no fue cerrado hasta 1981. ¿Qué cosas verdad? Tiempos de libertad, tiempos de rejas. Qué tendrían, qué tendrán, algunos en la cabeza. Por qué ese miedo a la libertad de los demás, por qué suponernos tan dados al libertinaje, por qué tan poca confianza en el vecindario, por qué tan poca estima y confianza en el público y lo público.
¿Y del horario qué decir? Tan suntuoso remite para tan empobrecedora cosa. ¿Qué horario rige ahora? ¿El del verano? ¿El de invierno? ¿Acaso han sido suprimidas tan hermosas estaciones como el otoño y la primavera y no me he enterado? ¿De seguir existiendo, permanecerá cerrado el parque en ellas? ¿Se refieren a ese engendro de horario vinculado a la diosa economía que nos hace adelantar y atrasar los relojes para no se sabe bien qué cuando los hombres llevamos toda nuestra historia guiándonos por el sol, la luna y las estrellas?
Lo sé, corro el riesgo de que si algún eco tiene este comentario alguien pregunte por quién ha diseñado o encargado el cartelito (no quiero pensar que obedezca al libro de estilo del excelentísimo), pero eso es lo de menos. Sea quien fuere, no es suyo el error, es de lo que deja traslucir: que nuestro ayuntamiento, pleno de cargos y cargas, se tiene más por poder y mando en plaza que por poder público al servicio de los vecinos y no de sí mismo, de sí mismos por elegidos que hayan sido. De hecho, ahí sigue, cual sapo intragable -¿sólo yo lo he visto?, ¿ningún prócer municipal?- como ridículo y absurdo muestra de una forma de ejercicio de poder y no como servicio público. Así nos va.
Feliz Otoño a todos, con perdón y si es que éste existe en este León capitalino.
Juan García Campal
http://juancampal.blogspot.com