
...En el Renacimiento, uno de los manuales de belleza más populares de la época afirmaba que las personas poco atractivas deberían llevar siempre una máscara. Según la época histórica, ser feo era una delito que se podía castigar con velos o con afeites y, si había más connotaciones, con el encierro o la hoguera. Esto demuestra que, a pesar de las estadísticas respecto a que el ser humano de hoy día gasta cada vez más tiempo y dinero en mejorar su aspecto exterior, semejante preocupación está implícita en la propia genética de nuestra especie.
A comienzos de este año ha aparecido un libro en España, titulado La ciencia de la belleza de Ulrico Renz (Ediciones Destino), en el que este médico alemán presenta al gran público las investigaciones que se han hecho sobre el atractivo físico y nuestro concepto de belleza. Existe un aspecto fundamental en la cuestión de la belleza: tiene algo de explosivo y de injusto, por aquello de que unos la poseen y otros no, sin que para ello sea necesario mérito alguno. Está demostrado que un niño guapo recibe en el colegio más palabras amistosas, mayor cuidado y calificaciones más altas. Así mismo, los ladrones bien parecidos consiguen del juez penas menos severas que otro ladrón de aspecto menos agraciado, sin olvidar que una paciente atractiva suele obtener mejores atenciones de su médico. Ante estos hechos el autor del libro reconoce que la belleza es un insulto a uno de nuestros valores más sagrados: el que afirma que todos los seres humanos comienzan a vivir con las mismas oportunidades. Además la belleza es traicionera: nos hace dejar de lado la razón cuando nos formamos un juicio sobre el prójimo, olvidándonos de su fortaleza de carácter, su originalidad o su bondad, y nos fijamos únicamente en su aspecto. El envoltorio, la más superficial de las apariencias, nos fascina y arrastra. Por supuesto, que no sólo lo externo resulta atractivo. Los gestos, la forma de sonreír, el timbre de voz, el olor, la vitalidad, el ingenio, la inteligencia y la forma de expresarse suman sus efectos al propio aspecto externo de cada persona.
Algunas investigaciones que se han realizado sobre las relaciones entre belleza y sentidos resultan sorprendentes. Una de esas aportaciones es ya un clásico. Anja Rikowski, del Instituto de Etología Urbana de Viena, realizó en 1999 un experimento curioso. Propuso que unos cuantos hombres olieran las camisetas que habían llevado (durante tres noches) un grupo de mujeres. La conclusión fue sorprendente: el olor de una mujer es tanto más atractivo cuánto más bello es su rostro. ¿Tienen la culpa las tan traídas y llevadas feromonas, sustancias aromáticas que en el reino animal realizan tareas de comunicación? Es posible. En los años setenta se descubrió que los ciclos menstruales de las mujeres que viven juntas en un mismo espacio coinciden al cabo de unos meses. La causa estaba en el sudor de las axilas de las mujeres, con una gran cantidad de feromonas que, una vez aisladas y experimentando con ellas, influenciaron en los niveles hormonales y en la duración de la fase de ovulación.
Que una mujer bella estrangule a alguien entra dentro de la crónica trágica de sucesos en la actualidad cotidiana. El problema es cuando un periódico se hace esta pregunta: “¿Cómo puede ser tan cruel una mujer tan bella?”. ¿Qué pasa? ¿Sólo los que no son bellos pueden ser crueles? La cuestión planteada por el periodista no hace más que expresar un sentir general. Cuando ocurre algo malo la culpa la tienen los feos, los mal vestidos o los que tienen un aspecto desagradable, con todo lo que estas apreciaciones conllevan en el trato que se establece a quienes son diferentes.
Hasta una de las convicciones más sagradas en el ámbito social se ha venido abajo: el carácter absoluto e incondicional del amor materno. Un estudio realizado en hospitales de maternidad confirmó que los niños más atractivos recibieron más besos, más sonrisas y fueron más mimados que los niños con aspecto feo o poco agraciado. Por eso, y con los años, el niño guapo tiene las de ganar a la hora de justificar sus travesuras. Lo que puede ser una “salida de tono” de un niño encantador y guapo, queda conceptuado como un augurio de carrera delictiva si el que lo hace es una criatura menos agraciada.
Hay aspectos muy delicados a la hora de plantear determinadas preguntas ¿Por qué las camareras reciben propinas de acuerdo a su atractivo? ¿Es verdad que en el mundo laboral el aspecto físico es cada vez más importante (no sólo en mujeres)? ¿Puede la belleza de un candidato decidir las elecciones a su favor? ¿Es verdad que, como dice el tópico, las mujeres sacan partido de sus encantos personales? ¿Cómo es posible que en algunas ciudades de Norteamérica, existieran aún leyes en los setenta que permitían arrestar a los transeúntes que tuvieran mal aspecto? ¿Es la belleza una construcción cultural o un hecho natural e inevitable? ¿Qué tipo de de relación hay en realidad entre el atractivo y una conducta antisocial? ¿Es inmoral utilizar la belleza, el aspecto externo y el cuerpo como un medio para alcanzar una mejor posición social? ¿Es el cuerpo sin grasa simplemente una moda pasajera que condena a nuestra época a un epitafio desconcertante: “Ayunaban, hacían gimnasia y vomitaban”.
Resulta muy significativo que el valor en bolsa de L´Oréal, sea tres veces superior al gigante General Motors o que la industria de la belleza se atreva a redefinir el concepto de normalidad, al considerar como enfermedad la celulitis (realmente un programa genético, propio de la hembra de Homo sapiens, que permite almacenar grasa bajo la piel). Bien, lo hemos dicho antes, nos fijamos demasiado en el envoltorio. Pero es que cuando miramos a alguien, en primer lugar lo hacemos al rostro que, además de oscilar entre la confesión y la fachada gracias a cuarenta y tres músculos mímicos, lo procesamos siguiendo un orden casi invariable de ojos-boca-nariz. Al margen de que la percepción estética de la mujer se altere con el ciclo menstrual y de que, en contra de lo que digan las feministas, la belleza no sea un mito machista, hay algo universal en el hecho de que en todas las culturas y clases sociales se consideren atractivos los mismos rostros.
En el fondo de todo este asunto tan complejo late una verdad tremenda: el escándalo de la belleza es el escándalo de la vida misma: en algún momento se ha de acabar. ¿Es la belleza una forma de reprimir la evidencia y la existencia de la muerte? Los que andan por ahí escribiendo libros con buenos sentimientos, acerca de la atracción sexual de los “valores” que ofrece la edad madura y la vejez, están tratando de reprimir hábilmente una verdad universal: el deseo de retener la propia juventud no procede sino del deseo de evitar el duelo de un adiós. Con lo cual ahondamos en el verdadero meollo de la cuestión. Desde la publicidad hasta los modos sociales, siempre están intentando que olvidemos la realidad más amarga: la belleza es algo perecedero.
El ser guapos, parecer jóvenes, tener un excelente aspecto, una inmejorable presencia y una silueta equilibrada son el becerro de oro de nuestra cultura, en la que un título de canción, tan socialmente incorrecto como el de este artículo, paradójicamente está afirmando que el ser feos no tiene cabida y está muy mal visto en nuestro entorno.