
Porque esa es la noticia pura y dura. Aplauso sin paliativos. Es duro, muy duro el trato con el público, que llega a producir en algunos trabajadores públicos ansiedad, estrés, depresión y otras enfermedades que no se pueden curar con esparadrapo y merbromina (o mercromina, no deja de ser mercurio de bromo). Son heridas de la psique, patrimonio del alma y el alma solo es de Dios. Pero coja idea.
Ni se ve ni se toca, pero me han contado que quien la padece es una de las enfermedades más jodidas que existen en el mundo patológico sanitario, lo que lleva a pérdida de producción, falta de servicio al ciudadano en el caso de los funcionarios y, por ende, absentismo laboral. ¡Ay Dios!, qué malito estoy, tará, tará, qué malito estoy (letra ladina que se pone a uno de los toques militares de corneta). Pero coja la solución.
Sí señor, aplauso para la UGT que quiere atender a su rama funcionarial con dinero que ponemos todos los ciudadanos y trabajadores. Ya salió. Me acuso. Yo ya estoy en el terraplén de la jubilación. Porque, vamos a ver, ¿por qué funcionarios sí y dependientes, camioneros, taxistas, mecánicos, sanitarios (y mira que aquí hay tomate de narices), comerciales, periodistas…, no? Todos estos currantes trabajan de cara al público, con el público. Casi todos, todos, estresantes. Pero estos últimos tienen que pasar por la burocracia y lista de espera de la Seguridad Social. Por eso está coja la iniciativa.
Decía más arriba que son heridas jodidas que no se ven ni se palpan ni se acarician ni se lamen. Un día falta a su trabajo fulanito, se abstiene de ir a su puesto, descontrola la sección, la oficina, cuyo trabajo habrá que repartir y... ¿Qué le pasa? Estrés, depresión (para los amigos, depre). Y buena va, barbero. Es trabajo público, pólvora del rey que paga el común. O sea, el ciudadano. Que está coja la solución, coño.
Pero hay salao, si eso le pasa a un taxista, a un comercial, a un periodista, a un…, para ellos no hay gabinete de psicología ni confesionario de cura viejo, según FSP-UGT, aunque esté pagando la cuota de afiliado al sindicato. Tiene que ir a su médico de cabecera. Contarle su vida y milagros del quehacer diario. Derivación al especialista. Lista de espera y…, mientras tanto, de abstenerse en lo laboral nada o casi nada. Hay que seguir trabajando, porque la economía familiar puede trastocarse, se trastoca. El tararí del qué malito estoy sigue marcando compases, pero sin atención inmediata en ese gabinete de psicólogos que el sindicato va a crear. ¿O entendí yo mal la noticia? Vamos a ponerle muletas, hombre.
Depresión, ansiedad, estrés, absentismo laboral funcionarial… Me viene a la memoria una anécdota, que me acaeció hace muchos años (1960). Cumplía yo el servicio militar en los juzgados militares de la Primera Región Militar, en Madrid. Un destino que había conseguido por enchufe (¡qué pasa!), después de haber sufrido dos meses y medio de instrucción militar en el Regimiento Inmemorial del Rey, número Uno. Una pasada.
El primero de los destinos fue el Juzgado de Testimonios, en el que al llegar, su juez togado me nombró (a dedo, ¡oiga!) secretario del mismo. El nombramiento comportó poner bajo mis órdenes (es un decir) a una brigada de cuatro guardias civiles y un sargento del mismo cuerpo (también enchufados), que actuaban de oficinistas mecanógrafos. Su labor era copiar viejas (ya) sentencias (cumplidas o sobreseídas) de consejos de guerra tras la contienda civil, que acompañarían al expediente del certificado de penales. Eran los primeros años de lo que fue una constante emigración de gentes a Europa y América y lo de penales era requisito indispensable. Una especie vieja de memoria histórica sin muertos, en la que, desde estar en una fila que votó las izquierdas, hasta la denuncia haber quemado la iglesia del pueblo o amenazado al cura que después apareció muerto, tenían unas condenas que iban desde la pena de muerte conmutada, a la de 30 años de reclusión. Después, los veías y dudabas enseguida de sus fechorías. Pero sus consejos de guerra habían sido inapelable 20 años atrás.
La bandeja de solicitudes era una montonera. Pero lunes y martes, la discusión era sobre los partidos del domingo pasado (unos eran aficionados del Madrid, otros del Atlético y hasta los había del Barcelona y del Bilbao), el miércoles se pasaba a limpio la confrontación y el jueves y el viernes, de los del próximo domingo. Todo ello, bajo la dirección de los textos académicos actualizados del incipiente diario Marca. El sargento, ni aparecía por el edificio de la calle El Reloj de Madrid.
Intenté y conseguí sacar adelante muchos de aquellos certificados de testimonios. Pero a uno de los civiles lo estresé hasta la abstención laboral durante más de mes y medio. Reparto de tareas con sus compañeros y el que suscribe. Nada de justificaciones sanitarias y el comentario de que el compañero (no digo su nombre por pudor) "estaba muy jodido, pero que muy jodido". Hasta que un domingo por la tarde accedí a una muy conocida sala de fiestas de la Gran Vía y encontré a mi compañero de oficina, en funciones de portero en una estancia interior (una especie de lo que hoy es agente de seguridad), vivito y coleando, sin estrés ni dios que lo fundó. Se le curó la depre, el estrés, la ansiedad y el absentismo laboral al cuarto de vuelta. Le zumba el mango. Sin gabinete psicológico.
Malito, malito, lo que se dice malito… O es para todos la psicología curandera o aquí puede haber tongo y quedar coja la iniciativa, queridos compañeros de UGT.