Los investigadores perfilan, cada vez con más nitidez, el trayecto que ha seguido nuestro linaje hacia lo que nos separa del resto de especies con las que compartimos este planeta. Un largo y tortuoso camino -como la última canción de The Beatles- que, seis millones de años atrás nos condujo desde nuestro común antepasado, el simio africano, hasta el Homo sapiens, entre incertidumbres, azares, catástrofes y un sinfín de pautas evolutivas inesperadas. Todo ese proceso, más que una divina fatalidad, ha sido un eterno caos. Un libro aparecido recientemente -La odisea de la humanidad de Robin Dunbar (Editorial Crítica)- analiza y escudriña los pasos fundamentales que hemos dado para ser como somos. En principio resulta sorprendente que los científicos, tras el análisis de dos tipos de ADN, hayan llegado a la conclusión certera de que, los aproximadamente cinco mil millones de humanos vivos hoy en día, descienden de un pequeño grupo de cinco mil hembras ancestrales (y otros tantos machos), que vivieron unos ciento cincuenta mil o doscientos mil años atrás. Además, aún se están digiriendo y aceptando las implicaciones de los revolucionarios descubrimientos de la genética y los estudios de la conducta y de la psicología. Las nuevas directrices en las investigaciones señalan que nuestros atributos físicos y gran parte de nuestro comportamiento no son excepcionales, incluso dentro de los patrones de cualquier especie de primates. Realmente lo que nos distingue es nuestra actividad mental y, especialmente, la capacidad de imaginar. Pero por evidente que pueda parecer, sólo recientemente la ciencia ha podido delimitar con exactitud cuáles son las cualidades mentales que nos hacen distintos.
A diferencia de un ordenador, que no es consciente de sus propios contenidos (por eso se les denomina entidades intencionales de grado cero), los seres humanos, en su vida adulta, adquieren una forma de entendimiento, por el que son capaces de explotar el punto de vista que otro individuo tiene del mundo para engañarlo o sugestionarlo. La especie humana se diferencia de los simios en un aspecto fundamental: el grado en que los humanos pueden tomar distancia de la realidad al experimentarla. Los humanos somos capaces de reflexionar sobre lo que nos rodea y preguntarnos si podría ser de otro modo.
El lenguaje, nuestra gran conquista como especie, muestra unas facetas sorprendentes. No hay por qué rasgarse las vestiduras, pero en el fondo todos somos unos chismosos y unos cotillas de cuidado. Lo que ocupa la mayor parte de nuestras conversaciones son los tópicos sociales; lo que nos gusta y lo que no; qué hicieron los demás ayer o el fin de semana; cómo se comportaron éste o aquél; qué hicieron los niños; los líos de casa o las dificultades del trabajo, sin olvidar la enorme habilidad que tenemos para poner pingando a todo hijo de vecino. Todo esto ocupa dos tercios del tiempo total de nuestras conversaciones. Solamente el tercio restante lo dedicamos a hablar de política, cultura, cuestiones técnicas, música o incluso el deporte. Que el mundo social tenga tanta importancia en nuestras conversaciones no es casualidad o algo accidental. Entonces, ¿por qué evolucionó el lenguaje como fenómeno social?
Una de las respuestas más probables radica en la llamada Hipótesis Social del Cerebro. Sabemos que existe una estrecha relación entre el volumen de una de las partes del cerebro, el neocórtex, y la dimensión de los grupos sociales de los primates. En el fondo de esta extraña correspondencia laten los problemas y ajustes cerebrales a la hora de afrontar la complejidad del mundo social. Y los humanos no nos salvamos de esta analogía. Por término medio, tratamos a unas ciento cincuenta personas con las que nos relacionamos de algún modo. En este número no se incluyen las relaciones casuales o profesionales o a quienes sólo conocemos de vista. En cambio, los chimpancés mantienen grupos sociales con un promedio de cincuenta individuos y por lo tanto su neocórtex es más pequeño en la misma proporción. En este contexto, el mecanismo que utilizan la mayoría de los primates para estrechar sus vínculos de grupo es el acicalamiento social, o sea las complejas ceremonias de caricias y eliminación de parásitos que se prodigan los simios unos a otros. De momento, los científicos no comprenden por qué el acicalamiento tiene ese efecto reforzador de vínculos, pero una cosa está muy clara: el tiempo que pasan simios y monos acicalándose depende del tamaño típico de los grupos que forman y equivale al 20 por ciento de su rutina cotidiana. En ese caso un grupo humano, con un tamaño medio de ciento cincuenta individuos, necesitaría algo más de un 40 por 100 de la actividad diaria. Para cualquier organismo que deba subsistir en el mundo real ese tiempo es excesivo; conseguir comida consume mucho tiempo. Ninguna especie de simio puede aumentar esa proporción del 20 por ciento sin desequilibrar sus recursos energéticos. Los humanos tampoco. Aunque hemos sustituido el acicalamiento por la charla compulsiva, lo cierto es que no podemos invertir más tiempo en cuestiones sociales. Lo que sucede es que llevamos esos límites lo más lejos posible y además hemos aprendido a hacer un mejor uso del tiempo.
Pero volvamos al acicalamiento. Ser acicalado es algo asombrosamente relajante. En pruebas realizadas a nuestros parientes no humanos se observa que el ritmo del corazón disminuye y el individuo se relaja, hasta el punto que puede llegar a quedarse dormido. El acicalamiento humano en forma de besos, mimos o caricias se da en nuestro círculo más íntimo. ¿No nos recuerda esto a la sensación placentera que experimentamos los humanos cuando alguien nos arrasca la espalda? Esto nos lleva a una idea muy sugerente: siempre nos desconcierta el contacto íntimo con desconocidos. Para los humanos, y para nuestros primos simios más semejantes, los bonobos, existe una línea muy delgada que separa este tipo de contacto físico del sexo: uno lleva con mucha facilidad al otro, precisamente porque el contacto físico en una situación relajada siempre es muy emotivo. ¿Pero como es posible que seamos capaces de establecer relaciones de intimidad con quien no deseamos tener sexo inmediatamente? Los investigadores han sugerido una respuesta: porque les hacemos reír.
En un mundo tan crispado, tan poco dado a la sonrisa o a la carcajada relajante, tanto la risa, los besos, los mimos y las caricias íntimas que nos prodigamos los humanos, al igual que el acicalamiento de los simios, libera endorfinas, el antídoto cerebral contra el dolor. Las endorfinas pertenecen a la familia química de los opiáceos, como el opio o la morfina, y los estudios confirman la gran cantidad de endorfinas que se disparan durante estas acciones. No sabemos cómo funciona, pero sí conocemos las consecuencias del acicalamiento: una sensación de relajación y bienestar que resulta ser un recurso efectivo para la creación de vínculos.
Investigaciones recientes corroboran que la risa entre humanos, como el acicalamiento de los simios, da ánimos y hace que uno se sienta predispuesto hacia otra persona. Pero hay algo aún más fascinante. Los estudios realizados sobre pacientes con daños cerebrales diversos han revelado que un área en concreto del lóbulo frontal derecho es clave para la apreciación del humor. Es más, uno podría perder casi cualquier otra parte del cerebro, incluso fragmentos de la parte izquierda, y aún así tener sentido del humor.
Es muy posible que la risa haya podido evolucionar mucho antes que el lenguaje. En cualquier caso, esas construcciones verbales llamadas chistes, con las que estimulamos la risa de manera eficaz, son más antiguas que cualquier otra cosa de las que hacemos con el lenguaje. Así que, no nos olvidemos ningún día de reír y, si es posible, recibir unos buenos mimos y caricias en la espalda. Es pura salud.