
...Son los latiguillos de las colaciones de Nochebuena y Año Viejo. Alegría, paz, prosperidad, fraternidad y, si llega el caso, también solidaridad y poco más, barbero. Que después los cumplimientos pueden ser otros y cuanto más prometas, será peor. Sin embargo en la colación y fiesta de los Reyes Magos el cuerpo ya está cansado de deseos y el latiguillo correspondiente se transforma en interrogación, en pregunta: ¿Qué te trajeron los Reyes? Permítaseme una aclaración personal, yo todavía creo en los Reyes Magos a mi edad provecta, a pesar de las putadas que me han venido haciendo de vez en cuando. No así en Papá Noel o Santa Claus o ese
sursumcorda gordo y barbudo, vestido con chándal rojo, ribeteado de blanco.
Por ello, cada año por estas fechas, la añoranza se adoba con el recuerdo a 60 años vista y surge aquella década de los años cuarenta del pasado siglo, cuando la escuela la convivía con mi actividad de monaguillo, camino de mis primeros latines e historias. En llegando estas fechas, en la iglesia de Santa María de mi localidad, La Bañeza, monagos y clérigos, con ayuda de alguna buena mujer, colocábamos el nacimiento a la vera del altar del Miserere que, previamente, cubríamos con una tela morada, a manera de telón de fondo.
Pero la fiesta no solo eran las celebraciones religiosas, con las misas del Gallo y de la Adoración Nocturna, a la que los monaguillos teníamos que asistir de oficio, o las familiares de paz y concordia. Una fiesta que tenía su inicio dos días antes con el sorteo de la lotería de Navidad, que los chavales sabíamos sin mucho entender, porque en la Plaza Mayor, los trabajadores de Gráficas Rafael colocaban una enorme pizarra con los primeros premios que nunca tocaban, a la esperar de ver, al día siguiente, en los periódicos de Madrid unas listas que se llamaban pedreas. Y es que entre la colación de Navidad y Año Nuevo, en mi familia (agricultora de origen) se mataban los cerdos. Lo que hacía que las conmemoraciones navideñas se multiplicaran por dos, a lo largo de tres días, en la casona de mi abuela Anselma.
El primero de estos días se sacrificaban los cerdos en el enorme corral, a los que desrrabábamos la chavalería cuando eran chamuscados, para poder chupar durante todo el día este apéndice del espinazo, mientras los mayores vaciaban después los animales inertes y quedaban colgados de escaleras, con las patas traseras abiertas y bocabajo, como un gólgota ahogado, pagano y profano. A la vez que las mujeres de la familia caminaban al río a lavar las tripas que acarreaban en enormes baldes.
La segunda jornada era un día para deshacer y recortar jamones, tocinos y magros, derivados a la máquina de picar, mientras las mujeres asaban untos y mantecas de donde salían los riquísimos chicharrones o amasaban en grandes artesas las chichas picadas. Y el tercer día se embutían chorizos y lomos, camino de los varales de la panera.
Los tres días tenían también su condumio particular, que se combinaba con el de las navidades. Lombardas moradas con pollo, conejo o besugo (casi siempre, chicharro) o berzas de asa de cántaro y huesos y carrilleras con los primeros filetes de los grandes lomos o las chichas de cucharada y paso atrás, royendo siempre el turrón duro y gordo o los higos rellenos de nueces tostadas, bollos, manzanas, compotas y castañas. Mientras que al acabar las faenas matanchiles y la cena de cada uno de estos tres días, se arrimaban las mesas y bancos corridos a la pared, para poder comenzar el baile, a los sones de panderos y panderetas, que acompañaban, todos juntos, el coro de jotas y villancicos sandungueros.
Luego estaba lo de los Reyes Magos, sus cartas y juguetes que nunca coincidían con lo que después llegaba, "porque es que nunca habéis sido lo buenos que debíais ser". Toma ya, castaña. O los aguinaldos. Estos últimos llegaban de la mano de los padrinos (si se tenían rumbosos), o se iba cantando villancicos por las casas de barrio, acompañados de tapaderas de tarteras, para que amas y amos respectivos contribuyeran al pecunio. Si así lo hacían, las letras eran las normales de estas coplas populares. Mas si racaneaban los cuartos, había estribillos estridentes que hacían pupa al oído de propios y extraños, a la vez que denunciaban la tacañería de los interfectos de esta guisa (una especie de representación del cuento de Navidad de Carlos Dikens y sus paparruchas): "Allá arriba en aquel alto / hay un perrito cagando / para el amo de esta casa / que no nos da el aguinaldo".
Y al día siguiente, lo que ahora se nombra como día de ilusión, para la inmensa mayoría de los más pequeños, era de frustración. Porque el caballo de cartón pedido a los Magos era un simple tambor; el carro, con bálago y todo incluido, añorado, se había convertido en una pistola que disparaba mixtos, pero que no venían incluidos en el lote; o la bicicleta roja que estaba expuesta en el escaparate del bazar de Mario o casa Perico, era tan solo una armónica con la que aprendí a tocar aquello de 'El vino que tiene Asunción…'. Ya lo dije más arriba, más de una putada me han hechos los Melchor, Gaspar y Baltasar, a lo peor es que no sigo siendo lo bueno que debería de ser. Pero sigo creyendo en ellos a pies juntilla.
Fueron tiempos terribles de hambre, miseria, escasez y soledades para muchos, para todos, en mayor o menor grado, en medio de una posguerra de lento caminar y pasar página. Aunque siempre añorados por aquellos chavales de entonces, ahora a 60 años vista. Felices Pascuas para todos mis lectores, compañeros y siempre amigos.