
...Dentro, el confesor, mejor dicho, mi padre espiritual en temas de política, me espera con la garrota, mientras mi pobre y resignado ángel de la guarda sigue monótono con su cantinela: “Por favor, no me hables hoy, otra vez, de elecciones”. Confiteor Deo omnipotenti et vobis fratres (confieso ante Dios omnipotente y ante vosotros, hermanos) que no he visto ninguno de los dos debates, entre el Zapatero y el Rajoy. Hala, ya lo dije.
“Mentecato, insensato, no serás de esos que llaman indecisos y que aún dicen estar esperando el santo advenimiento para saber a quién tienen que votar”, comenta mi viejo padre espiritual desde dentro de las cortinillas confesionarias. “O a lo peor estás pensando en difuminar tu voto, dándoselo a la izquierda desunida, a la Rosa de España o la mermada, rota y escuálida UPL de León”.
Lo confieso, padre, no he podido aguantar los muermos de programas de televisión más vistos de España, en toda la historia del medio. Y con ello, reverendo padre, no le voy a desvelar mi voto, ni en secreto de confesión, por muy Torquemada que se ponga.
En España, desde hace ya más de 30 años, hemos tenido que copiar todo o, casi todo, en las cuestiones de la democracia. La memoria histórica que teníamos de los tiempos de la Segunda República, cuando se instituye en el país el sufragio universal, no nos valía. Incorporamos la Ley D’Hondt, las viejas glorias de mítines multitudinarios, la pegada de carteles y ahora, la de los debates comiciales. Lo que pasa es que casi todo, con el añadido del miedo incipiente de la transición y, por ello, con una serie de equilibrios para no decir dangún daqué, entre los nacionalistas o entre los militares. Los primeros ganaron enteros por todos los lados y los segundos tuvieron que envainar los sables. por güevos. Y, con el paso del tiempo, al que Dios se la dio, san Pedro se la bendijo.
¿Se puede saber para qué valen los multitudinarios mítines que socialistas y peperos montan todos los días para aplaudir a los respectivos líderes, acarreando afiliados de toda la geografía? Por eso, cuando ahora llegamos a la utilización de los medios modernos, como son la televisión y la informática, seguimos poniendo corsetes a lo que hacen otros, para que España y los españoles sigamos siendo diferentes.
Todo cristo lo dice: no es de recibo los casquetes que tanto Zapatero como Rajoy nos han dado en estos dos encontronazos pactados y, si se me apura, con los guiones consensuados. Aunque ha habido millones y millones de espectadores. Unos debates que no tienen nada que ver con los de los comicios de Estados Unidos o del Reino Unido o de Francia o de Alemania, donde periodistas de reconocido prestigio son las traviesas por las que circula el tren de la información. Aquí el moderador/a más ha parecido un morreador/a. Y como no me gustaba la programación, he cambiado de canal, me he morreado contra el respaldo del sofá y solo en la duermevela, cada vez que llegaban los anuncios, he pasado al debate unos segundos, para confirmar mis teorías.
Por eso, padre, me acuso de no haber visto, no haber seguido los debates de Z y de R. Me los he perdido. “Mentecato, malandrín….”. A la vez que mi ángel de la guarda aplaude por una vez mi decisión. Y es que estos encorsetados debates (por seguir la denominación oficial) tienen ya unos precedentes que se han venido desarrollando en los últimos años, desde los políticos de media polaina y los de polaina entera. Te convocan a una rueda de prensa y al final acaba todo como el rosario de la aurora. El susodicho suelta su rollo y, cuando el periodista pide la palabra para hacer las correspondientes preguntas, sale el jefe del gabinete de prensa (una figura que tendrá algún día que desarrollarse y desentrañarse su anatomía patológica) y dice que se le olvidó decir que no iba a haber preguntas. Joder, ¿por qué le llaman entonces rueda de prensa en la convocatoria?
Entonces, no es de extrañar que Zapatero y Rajoy hayan optado por un debate sin preguntas, sin contenidos, sin temas, sin ideas, sin iniciativas, sin vergüenzas, sin… Los correspondientes afines dirán que cada cual ha ganado la embestida. Habrán soldado (porque no los he visto, querido padre confesor) una serie de imbecilidades, promesas vacías, compromisos inconcretos y, al que Dios se la dé, san Pedro se la bendiga. Que después vendrán cuatro años para no cumplir.
Confiteor Deo omniponti. Quedan media docena de días para aquilatar soluciones de cara a la emisión del voto. Un voto que será secreto. Porque los que estuvimos esperando casi 40 años para emitirlo por primera vez, lo único que nos ha quedado claro es que es secreto. Vamos, digo yo. Aunque en mi fuero interno, cada noche, según me voy a dormir, sigo rezando por lo bajini: Me acuso, padre, de no haber visto los debates de Z y de R. Et vobis fratres, in eternum. Ameeeen.