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EL DESVÁN DE LAS ESTRELLAS
"No siento nada porque no queda nada"
León, mi ciudad-amante, se ha convertido en una extraña. No ha perdurado su intimidad provinciana, sus horizontes urbanos que tanto me cautivaban. Mis últimas experiencias por su cuerpo, entre sus calles y plazas, son demoledoras; siento un extraño desapego, una frialdad extrema ante sus esquinas reconvertidas...
Por Juan Luis P. López de la Calle
20/11/2007

...Aquella ternura de un recinto íntimo y pequeño, anclado en mi infancia y mi adolescencia, ha sido transformada en ruido perverso y vulgaridad extrema, de las que se puede contemplar una extensa muestra en cualquier capital de provincia. Las tiendas ya no tienen la personalidad de antaño. Son variaciones iguales sobre los emblemas corporativos de una marca, que se repiten en cualquier sitio.

De aquel León, de entre 1960 y 1970, apenas si permanecen cinco o seis bares, algún que otro negocio familiar -a punto de irse a pique-, y poco más. El patrimonio de las ciudades se ha arrasado en toda España. El lenguaje de los parques y la intimidad de los árboles ha ido despareciendo poco a poco, sustituidos por espacios donde podrían aterrizar y despegar cómodamente helicópteros, a los que llaman plazas o explanadas, Las tiendas y los negocios de toda la vida se han convertido en los bares de la movida, entidades bancarias o marcas comerciales de multinacionales. La poesía de los bares que dieron cobijo a contertulios, pandillas o paseantes, congelados por los fríos invernales de una ciudad inhóspita en invierno como León, son únicamente fotografías en blanco y negro con rostros de fantasmas que evocan la muerte. Hace algunos años, Antonio Muñoz Molina, en un artículo aparecido en un suplemento de prensa, reflexionaba sobre la caducidad de lo que ata la memoria a un lugar determinado. En el fondo latía una crítica, ante ese empeño especial que ponen algunos humanos para que la huella de otro tiempo quede extirpada. Más adelante comentaba, que hablando con Fernando Fernán Gómez, sobre qué sentía al caminar por las calles de Madrid de su infancia, éste le contestó con su voz tremenda: “No siento nada porque no queda nada”.

En León, sucede lo mismo pero, eso sí, permanecen los prejuicios y la estupidez congénita de la sociedad, junto a la vulgaridad mental y la falta de inteligencia de una clase política que no tiene arreglo.

Hemos tenido que recurrir a la Historia para poder justificar el desastre urbanístico de una ciudad que, entre otros muchos vestigios que le otorgaban un carácter especial, tenía murallas tardorromanas y medievales, que lentamente han sido destrozadas. Le adjudicaron este desaguisado a las incursiones de Almanzor en el siglo X, asegurando que sus correrías habían destruido lo que eran las señas de identidad de un espacio urbano que, por su seguridad y fortaleza, fue elegido como capital de un nuevo reino con nuevas gentes y nuevos ideales. Pero ni las huestes de Almanzor -ni las de nadie de aquella época- disponían de medios técnicos suficientes para destrozar un lienzo de muro de casi cinco metros de grosor. En cambio, la ignorancia y los planes de ordenación urbana, que se han venido sucediendo desde hace algo más de cien años en esta ciudad, contaban con una piqueta eficiente a la hora de mandar al olvido y a la exposición de fotografías antiguas el patrimonio de la ciudad.

El León que perdimos es una herida abierta en el recuerdo. Hay tantos fantasmas urbanos, perdidos en las nieblas de la pequeña historia de esta ciudad, que estremece enumerar algunos de ellos: el antiguo Hospicio, el Instituto de Enseñanza Media de la calle Ramón y Cajal, la aldeana iglesia de San Salvador del Nido o los maravillosos chalés que salpicaban calles y paseos; el impresionante universo de los negocios familiares que daban un toque de distinción a esta ciudad como Camilo de Blas y las confiterías Polo, La Coyantina y Reyero, el Bazar Beneítez y el Bazar Torres, los Almacenes Pallarés, Lubén y Simeón, las tiendas de Lobato o la Ferretería Ridruejo; los entrañables cafés como el Nacional o el Flor; la innumerable lista de bares como el Picú, Mansilla, Isma, Mayoral, Universal, Río Luna, Rox, Colón, Salamanca, Cuervo, Jamaica, X, Argentino, Regio, Zara, los diez cines de la Empresa Elde o la última de las desapariciones, la de Casa Ciriaco, cuyo local ha sido reconvertido recientemente en multinacional de productos de belleza.

Hasta hace unos años, poco antes de la cena familiar en Nochebuena, solía pasear mis nostalgias por algunas calles de León. No lo he vuelto a hacer, porque cada vez eran menos los lugares que evocaban en mí algún recuerdo. Mi memoria ya no tiene donde echar raíces para sentirse a salvo del olvido. Según ha pasado el tiempo, me he dado cuenta que esta ciudad-amante me ofrece una intimidad que no tiene nada que ver conmigo. Es una extraña que se ha colado en esta edad madura en la que se aprende a esperar cada vez menos. Y no puedo por menos que repetir, como una jaculatoria in pectore, las palabras de mi admirado Fernando Fernán Gómez, definitivamente instalado en el brumoso frío de la muerte: “No siento nada porque no queda nada”.       

 

 

 

 

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