
... Entre mis muchas ocupaciones de no hacer nada he puesto al día mis lecturas que se me habían amontonado en los últimos años, lo que ha hecho que la vista haya dado un capón encima de la mesa. Porque uno ya no es un chaval.
Me había quedado en 'Los pilares de la tierra'. No, ya sé. Cuando digo que me había quedado en la novela de Ken Follett no es que no hubiera seguido leyendo nuevos títulos, nuevas salidas. Sino que era la última leída, casi de un tirón y no a ratos perdidos como hacía ahora, cuando la actualidad informativa, en la que estaba involucrado profesionalmente, me dejaba. Y eso se nota.
Por ello, en estos nueves meses, he puesto al día autores y títulos, sin prisas, pero sin pausas. 'Plenilunio' de Miguel de Molina, 'La reina del sur' de Pérez Reverte. 'El Zahir' de Paulo Coelho, 'Dolores Claiborne' de Stephen King, 'La señora de Winter' de Susan Hill, 'El converso' de José Manuel Fajardo, 'Un plan sencillo' de Scout Smith, 'La cena secreta' de Javier Sierra, 'La catedral del agua', 'La sombra del viento', 'La Biblia de barro'…, y una lista casi interminable (con pufos incluidos) que ha recortado mis retrasos.
A ello hay que añadir los últimos premios Planeta, libros de ensayo y poesía, para poner entremeses entre tanta fantasía e imaginación que rezuman las novelas. En la actualidad he empezado a leer un interesante libro: 'Recuerdo 1936' de César Vidal que cuenta la historia de la guerra incivil española de otra forma, al modo oral, recogido durante varios años por este historiador, de varias personas, tanto en el bando nacional como en el republicano.
Así y todo, yo nunca he creído en los días de (de los difuntos, de los niños, de la mujer, de las flores, del libro…). Algunas veces, mi familia (la que no me conoce) me recrimina porque el día de Todos los Santos no voy al cementerio a "estar con mis mayores" (aunque acompaño a mi mujer al cementerio de Soto de la Vega, tras la muerte de su padre, hace unos años). Ese día no se me ocurre ni acercarme al camposanto, porque durante el año, sin orden ni concierto, visito las tumbas de mi padre y de mi madre, dejando sobre sus losas queda algún padrenuestro suelto, que se me escapa entre los miles de recuerdos que aún se rompen en la memoria.
De la misma forma, este (ese) 23 de abril, que libreros y políticos se afanan en meter a calzador la afición por leer, cuando anteriormente han roto los canjilones en la escuela, creando libros de texto infumables, antipedagógicos, sin la magia de la ilusión, que solo buscan la pasta gansa monetaria, cada año que empieza un nuevo curso escolar.
Desde el principio, he tenido la ilusión por inculcar a mis hijos el afán por la lectura y, a fe que lo he conseguido, porque los tres son asiduos lectores. Y los principales regalos de todos nosotros, casi siempre son libros, que tenemos antes que consultar con los interfectos, para no repetir títulos en las estanterías, a la vez que nos los intercambiamos.
Algo que viene de familia. Mi madre fue una gran lectora en aquellos años (40 y 50 del pasado siglo). Aún me acuerdo, siendo muy niño, cómo cada día, tras concluir las tareas domésticas después de la comida, reunía a varias vecinas en la cocina de aquella casa de la calle Astorga de La Bañeza, para leer en comandita enormes novelas, cuando la radio era aún, un artículo de lujo, para escuchar los famosos seriales.
Hoy, como abuelo de cinco nietas, me esfuerzo en inculcar, casi con el chupete en la boca, la afición por la lectura, por los cuentos, por la poesía. Hace unos días, la mayor de mis nietas, Andrea, que a sus ocho años ya se ha despuntado en la lectura, me dijo que iba a leer en el colegio uno de los poemas que, a lo largo de sus cortas vidas, les he ido pespunteando a cada una. Más con el corazón en la mano de unos versos deslavazados, que con la técnica y armonía poética que mandan los cánones. "Pero quiero que me enseñes a dar esa entonación que tu le das al leerlos, para que mis compañeros entiendan, como yo, lo que entonces querías decirme en verso".
Y sin prisas para leer, añadí mi granito de arena. Su memoria prodigiosa puso el resto para ser admirada por sus condiscípulos: "Me tiene sorbido el seso / mi niña, mi guapa Andrea. / Me tiene loco de gozo / mi princesa y bella nieta. / Es un regalo del cielo, / de mis nietas, la primera. / Es la luz de este milenio / que alumbran miles de estrellas. / Es un ángel, es mi diosa, / mi altar, mi mejor receta. / Es un tumulto en mi vida / y una pica en mi bandera…". Un largo poema que salió, a borbotones, al nacer Andrea un día de febrero del año 2000. ¿El día del libro? Y 364 días más. Por favor.