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EL DESVÁN DE LAS ESTRELLAS
Las "catedrales humanas" de Julio Llamazares
Sabido es que Julio Llamazares tiene el alma viajera,...
Por Juan Luis P. López de la Calle
...aunque no lo sea tanto su protagonismo en situaciones insólitas vividas en el transcurso de sus viajes. Prueba de ello es la anécdota que contó su buen amigo, el también escritor Juan Cruz, en el acto de presentación en la Catedral de León, el pasado mes de mayo, del libro Las rosas de piedra del autor leonés. Julio Llamazares fue invitado a ofrecer una conferencia, durante el mes de septiembre de 1998, por el Ateneo de La Laguna, con motivo de las fiestas de la ciudad. Como buen viajero que es, Julio quiso conocer la isla de Tenerife y acompañado del escritor canario afincado en Madrid, Juan Cruz, se zambulló en la magia del Parque Nacional del Teide. En el llano de Ucanca, teniendo como desafío visual el misterio del pico más alto de España, Juan Cruz le susurró a un Julio completamente entregado al estremecimiento de aquel espectáculo:

-Es como la catedral de León, pero al revés.

Y a los pocos instantes alguien apareció por detrás y preguntó, como si tal cosa:

-Por favor, ¿sabe usted dónde está la catedral de León?

Julio Llamazares y Juan Cruz pegaron un respingo. El escritor leonés se volvió rápidamente y contempló el rostro de aquella voz: era Tomás, su amigo de infancia en Vegamián, el pueblo inundado por las aguas del pantano del Porma en León (construido bajo la dirección del ingeniero-escritor Juan Benet). Sí, Tomás Reyero, el hijo de Máximo, el carpintero del pueblo, con el que jugaba de pequeño, puesto que Julio Llamazares, nacido y criado en Vegamián, era hijo del maestro de esta localidad. Que dos personas pertenecientes a la última generación nacida en un pueblo sepultado por el agua (y no debe de haber más de cuarenta lugareños) se encuentren a tantos kilómetros de distancia, es una buena razón a esgrimir a la hora de juzgar las hechuras pañoleras del mundo, reconocía Juan Cruz. El Teide fue testigo de un encuentro excepcional entre dos montañeses de León frente a la cumbre más alta de la geografía política española: un viajero atípico y silencioso como Julio Llamazares y su compañero de juegos, Tomás Reyero, que se encontraba de vacaciones en Tenerife con su mujer, Belén. A ella, a su amabilidad por prestarme las notas del diario personal en la que dejó transcrita esta aventura de vida y naturaleza, debo la precisión de estos detalles, sin olvidar al testimonio del propio protagonista, Tomás, compañero de fatigas en mi quehacer profesional durante bastantes años, y al artículo que el propio Juan Cruz publicó en el periódico El Día de Tenerife a la semana siguiente, evocando un encuentro que le había llegado al alma.

Juan Cruz inició la presentación del libro Las rosas de piedra, con alabanzas al Cabildo catedralicio por su excelente disposición en acoger el acto de presentación de un libro como éste en el interior del templo. A alguno se le habrán fundido los plomos mentales. Pienso, además, que ni los propios responsables de la editorial Alfaguara imaginaron un lugar con tanta proyección mediática en las circunstancias actuales, para realizar un evento semejante.

El poder de convocatoria del grupo presentador, Juan Cruz, Peridis y el propio Julio Llamazares, no defraudó. A pesar de la lluvia, de la tarde fría y de esa sensación extrañamente gélida que transmite la atmósfera catedralicia que, entre sus muros, hace bueno el refrán “hasta el cuarenta de mayo no te quites el sayo” (que tan bien sufren en sus carnes permanentemente los vigilantes del templo y las chicas del museo), el trascoro de la Catedral estaba repleto.

Tardaba uno en acostumbrarse al deje canario de Juan Cruz que hablaba de la provincia de León con una familiaridad como si hubiera nacido en ella. Peridis alternó buen humor con doctrina magistral sobre la hermosa locura que se le ocurrió a la civilización occidental en la Edad Media: construir muros más altos y esbeltos, y llenarles de cristal para que el universo de la fe tuviera la luz de Dios más al alcance. Pero claro, Peridis se refería a la arquitectura gótica; y Julio Llamazares recorre en su libro más catedrales de otros estilos, repartidas en esta extraña geografía hispana, incomprensible y enigmática.

Creo interpretar la actitud de Julio -transitando las sedes catedralicias españolas y hablando con gentes que de alguna manera tienen que ver con estos espacios atemporales- como de profunda humildad y, a tenor de lo que el escritor leonés manifiesta en su visita a la catedral de Santiago, como con cierta impresión “de molestar cada vez que pregunta”.

Es una sensación que se tiene durante todo el libro. Julio observa, pregunta, indaga, se preocupa, apunta. Y enfrente parece que siempre hay alguien que, a veces de forma poco amable, no es muy dado a confraternizar con la curiosidad del escritor, característica ésta que el ser humano suele perder con la edad.

Catorce páginas ha dedicado el escritor de Vegamián a León y a su “Catedral de cristal”. Como reconoce en la página 20, “le gusta andar a contracorriente tanto por los caminos como por la vida y está ya acostumbrado a asumir las consecuencias”. Aunque madruga, el templo ya está abierto a las nueve de la mañana. Julio tiene obsesión por ver abrir una catedral e ingresar en su espacio virgen, en el silencio reposado tras la oscuridad de la noche. En la catedral no hay nadie.

Poco después, aparece don Máximo, que ya ha dicho misa de nueve, y las chicas del museo que le hacen ver a Julio lo que ya no se puede ver: la pila de agua bendita, situada a la entrada de la nave norte, ya no tiene agua para poder contemplar las vidrieras reflejadas en ella. Algo que su padre le había enseñado y que nos mostraron a los demás nuestros respectivos progenitores. Las dos chicas de la taquilla del museo son tremendamente realistas ante la sorpresa y la incredulidad de Julio: “para evitar que los drogadictos laven en ella sus jeringuillas”. Lo que no dicen es que, posiblemente, santiguarse con ese agua, desde tiempos inmemoriales, era demasiado poco higiénico habida cuenta de que no sólo los toxicómanos la han mancillado, sino las sucesivas generaciones de manos guarras e indecentes que se han remojado en ella; y eso hasta nuestros tiempos, puesto que la higiene humana tiene aún bastante de quimérica. Y lo de las miasmas del agua no se arregla por muchas bendiciones que echen.

En el libro, Llamazares añora la presencia de Teodorino, el sacristán de la catedral ya jubilado –quien podía haber asistido a la presentación si alguien le hubiese avisado- aún con excelente salud y ánimo y al que se puede ver paseando de vez en cuando a orillas del Bernesga. ¿Será que el  frío padecido durante  más de treinta años en el interior del templo, echando de menos el calentamiento global, resulta ser un buen conservante?

Julio reconoce que una Catedral como la de León, tenía que ser una auténtica antesala del paraíso divino en el siglo XIII, en una ciudad que apenas si llegaba a los cinco mil habitantes, con casas de una sola planta levantadas en su mayoría con adobe y techos de paja. El contraste debía ser cruel: la luz tamizada por las vidrieras, el olor a incienso (en contraposición a los malos olores personales y ambientales que acompañaban a sus habitantes, como una sombra, desde el nacimiento hasta la muerte), los cánticos de los oficios religiosos… Quien penetraba en aquel recinto y no veía a Dios, necesitaba un hervor.

La condescendencia del escritor leonés con la forma de ser de sus paisanos es digna de agradecer. La sequedad y la displicencia de ciertas personas que, encima están cara al público, (algunos dicen que todo lo da el clima) son asumidas y absueltas con enorme caridad montañesa. La catedral es una buena coartada reflexiva para dejar testimonio de una cierta apatía leonesa, no sé si congénita, de la que siempre parece queremos culpar a los demás. Y eso aunque luego reconozcamos lo “solidarios” que fuimos, al entregar la fabulosa Custodia de Arfe para fundirla y sufragar los gastos de las tropas españolas en la guerra de la Independencia, noticia recogida por Julio en un guiño y asunto éste del que no se ha dicho ni “mu” en plenos fastos y celebraciones de tan magnífica fecha. Menos mal que todavía hay quienes piensan que la obra maestra de la orfebrería hispana, la Custodia de Arfe de la catedral de León, está a buen recaudo, en manos de un particular, en algún lugar de la geografía española.

Las rosas de piedra es la primera parte de un proyecto que abarcará las setenta y cinco catedrales de España. Y la vocación viajera de Julio continúa. Como dice Juan Cruz, Julio Llamazares es un hombre paciente, que escucha sin hablar, de ojos enormes y claros con los que ha visitado paisajes que siempre le fueron afines. Y tanto. El pasado verano, una tarde luminosa de principios de septiembre, con la luz corriendo a ocultarse, y con ella la temperatura amable, me encontré a Julio en un extraño paisaje: a los pies del cueto Ancino (otra vez una montaña de testigo), cerca del Curueño, en el camino marcado por las losas de una calzada romana que desde Las Majadas del Caserío llevaba al paraje que en otro tiempo ocupó el monasterio de San Pelayo de Tejedo, del que ya no queda ni la lápida del siglo X, con una inscripción de un tal Didaco abad, que descubrí en 1975. Nos saludamos y comentamos, al filo de lo anterior, la tragedia destructiva sobrevenida secularmente sobre el patrimonio de la Alta Edad Media en una tierra como ésta, tan trascendental en la historia leonesa, que él tanto ama.

Julio subía con otros acompañantes hacia aquel espacio yermo de vestigios. Yo bajaba empapado por la ternura de una tarde plácida e inolvidable, de ésas que sólo existen en la montaña de León. Alguien me había dicho que Julio andaba metido en un proyecto con catedrales de por medio. En aquel momento sólo pensé que a ciertas personas sólo se las puede encontrar en determinados sitios.
Y ahora cuando recuerdo aquella coincidencia, al lado del arroyo del Fito que vierte sus aguas al Curueño, en aquel camino diseñado por los ingenieros romanos que pasa al otro lado, a la ribera del Porma, a Oville, muy cerca del pantano que anegó Vegamián bajo las aguas, siento un estremecimiento, una indefinible sensación de que ciertos paisajes cobran vida bajo las bóvedas de las catedrales humanas que contemplan su infinita eternidad.

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