... Fue entonces cuando inició la redacción de un diario, que ha permitido conocer algunos de los detalles de sus relaciones amorosas en un sanatorio atendido por las monjas de la Congregación de las Hermanas de la Caridad de Santa Ana. El 18 de noviembre de 1903, Juan Ramón Jiménez anotaba en su diario: “Esta noche me acuerdo con honda melancolía del Sanatorio, de aquel cuartito mío que daba al jardín y a la fuente, y de la hermana Pilar. Hermana, ¿qué tienen tus ojos para mi alma? ¿Luz? ¿Amor? ¿Ternura?... Tú me llamabas dulcemente. Las demás hermanas con su cariño oficial me llamaban Juanito… tú no. Cuando venías hacia mí, sonreías, y con tu bella voz velada me decías Juan. Y me mirabas con luz y yo te miraba. Y tú me mirabas fijamente…”.La reciente publicación de Libros de amor (Linteo Poesía, 2007) colección que, por cierto dirige Antonio Colinas, ha supuesto una auténtica sorpresa ante la colección de poemas sensuales y eróticos que JRJ escribió en la soledad de su retiro en Moguer entre 1911 y 1912. Las recientes investigaciones aclaran que las mujeres citadas en esos poemas tenían nombre propio y no eran ensoñaciones de poeta. Con ellas mantuvo el joven JRJ idilios apasionados cuando contaba veinte años, de los que son una buena muestra los versos contenidos en este libro, en el que afloran momentos de enorme y refinada lujuria. Las francesas Jeanne, Francina y Filomena Ventura; las novicias del Sanatorio del Rosario: las hermanas Pilar y Amalia; la norteamericana Luisa Grimm o tres jóvenes de Moguer, Blanca Hernández Pinzón, Susana Almonte y Carmen Rasco son algunos de los nombres, tras los cuales se encierran unos versos apasionados, repletos de amor carnal.
/ Tu sexo negro, suave como un plumón de pájaro, / entre las sedas blancas, amarillas y malvas / era como un faro de sombra para mis ojos / en un revuelto mar de tibias olas pálidas /…, escribe JRJ a Jeanne Marie Roussié, una mujer casada con el doctor Lalanne, que había atendido al poeta en un hospital cerca de Burdeos, para más adelante, afirmar: /Tus dos pechos desnudos, con la ardiente señal de mis labios saciados / eran violentamente con los pezones rosas adornados de sombra, / morenos al reflejo sangriento del poniente. / En el fondo de todos los poemas late la inmensa fascinación por la belleza femenina que parece desprenderse de estas palabras: “Una mujer bella e inteligente, vale más que un hombre de genio; una mujer solamente agradable vale más que un hombre culto”.
Hacia el año 1900, cuando vivió estas relaciones, JRJ tenía muy reciente la pérdida de su padre. Su desasosiego no le impedía sentir el sentimiento de la belleza física en esos tempranos años en los que la hermosura tenía tanta importancia para él. Al margen de edades, JRJ no hacía más que seguir los dictados de su propia cultura, influida por la sensibilidad andalusí tan impresionable ante esos matices de lo humano. Esta cuestión se resumiría en lo que los musulmanes llaman al-iftitan bi-l-suwar, o sea el trastorno o conmoción que sufren las almas al contemplar la belleza concretada en formas armoniosas.
La estancia de JRJ en el Sanatorio del Rosario en 1901, por consejo del doctor Luis Simarro, fue un océano de paz y recogimiento que el poeta necesitaba para calmar su melancolía. El centro sanitario estaba situado en el extrarradio del Madrid de aquel entonces, en el número 14 de la calle Príncipe de Vergara. Imaginemos a JRJ con diecinueve años entablando amistad con las novicias más jóvenes y enamorándose de algunas de ellas, especialmente de la hermana Pilar que acababa de cumplir veinte años y a quien calificaba como “Mi Venus de Milo” (La hermana Pilar falleció en Caracas, en 1971 con 91 años). Lo que se supo después es que la Madre Superiora de la congregación que atendía el sanatorio, una cincuentona que aún sentía la llamada de los ardores amorosos, se había enamorado de JRJ y le visitaba continuamente en su habitación (sin que el poeta la hiciera mucho caso), con gran regocijo de éste y de sus amigas novicias que se burlaban de ella.
La impresión que le debió causar a JRJ la relación amorosa con la hermana Pilar se trasluce en las sensaciones que despertaban en él su recuerdo tiempo después: “Hermana Pilar, ¿tienes aún tan negros tus ojos? ¿Y tu boca tan fresca y tan roja? Y tus pechos… ¿cómo tienes tus pechos? Ay! ¿te acuerdas cuando entrabas a las altas horas en mi cuarto, cuando me llamabas como una madre, cuando me reñías como a un niño? ¿No recuerdas que yo te hablaba siempre lleno de tristeza?...”
Algunos investigadores de la cultura, como Inés Monteira Arias, han subrayado como en el Medioevo hispánico, Islam y Cristiandad estaban unidos y a la vez separados por una tenue línea. En territorios sometidos a movilidad de conquistas, esta línea era mucho más definida que en la construcción de las mentalidades religiosas e intelectuales. La actividad científica, literaria y artística no tenía fronteras y en los monasterios cristianos algunos monjes eruditos devoraban con avidez los tratados musulmanes. La profunda concepción de lo divino que tenían las gentes del Sur, dejó huella imborrable en aquellos monjes que se sintieron deslumbrados por tan elevada concepción de Dios y del Más Allá. Es posible que permaneciese para siempre algo de esa sensibilidad profundamente espiritual de los musulmanes, en la manera mística y sufriente en que se ha vivido la religión y la literatura en la tradición hispana y que nos ha diferenciado a través de los siglos del resto de Europa.
El hondo lirismo, la delicadeza, la sensual voluptuosidad lírica, -que tanto recuerda a la mística del Cantar de los Cantares y a los tratados sobre el amor de los autores musulmanes del siglo X- de estos versos de JRJ, no hace sino entroncar con una tradición y una forma de ver la cuestión amorosa, junto a los cuerpos y las almas que la sustentan, con una nueva mirada. A la postre, uno de los aspectos mágicos del amor, mediante mecanismos que nos son desconocidos, es conseguir el milagro de que la mujer amante de un hombre, cuyas dotes parecen muy superiores a las de ella, simplemente amando, se eleve a su altitud. Y viceversa.
“… hay ojos azules, ojos negros, ojos de oro… Porque los ojos del amor no son de un color preciso y, además, ¿cuántas veces hemos fundido en el momento del amor el ensueño con la realidad y luego el recuerdo ha tenido el color del ensueño? Tampoco tiene el amor una edad fija; es adolescente y maduro y otoñal… Ha ido teniendo los años de mi corazón. Y la memoria del corazón no envejece, es siempre actual, engaña a los sentidos y vive por su cuenta. Amor ¿Cuándo es temprano, cuando es tarde para ti? Nunca, nunca.” (J.R.J.)