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EL DESVÁN DE LAS ESTRELLAS
Las fronteras de la imaginación
En un lavabo de caballeros de la ciudad de Austin, en el estado norteamericano de Texas, un anónimo elucubrador -realmente inspirado ese día y, posiblemente, mientras aliviaba y sublimaba sus limitaciones fisiológicas-, garabateó este fascinante graffiti, “El tiempo es el modo que tiene la naturaleza de impedir que todo suceda a la vez”...
Por Juan Luis P. López de la Calle
17/12/2007
...En la soledad de un servicio o en las mansiones de la ciencia, la imaginación no tiene límites. Las ideas alucinantes que en ocasiones se barajan  -especialmente al hablar del universo- sugieren atrevidas posibilidades para el razonamiento, además de inyectar nuevos bríos a la investigación científica. Estos apuntes sobre las fronteras de la imaginación son una faceta más de las preguntas esenciales que la ciencia se hace sobre la realidad: ¿Qué es el tiempo? ¿Estamos solos en el universo? ¿De dónde procede todo lo que existe?

En la naturaleza, lo “absurdo” no es razón para arrinconar una idea. Sabemos que los procesos naturales no tienen en cuenta ni nuestra lógica ni nuestro sentido común. Lo que tiene importancia es la capacidad de ciertas personas para ver más allá de lo que tenemos delante y construir realidades nuevas. Por supuesto, que todo ello debe hacerse en el marco de los límites conocidos. Sorprende que todas estas teorías comunican un algo que al ser humano le encanta, por cuanto tiene de misterioso y fascinante: el universo en el que nos encontramos es extraño, maravilloso, caótico y sin ningún tipo de moralidad, en el que a cada segundo se suceden espantosos cataclismos y que, tomado en conjunto, es más extraño que cualquier cosa que pudiéramos inventar.

¿Existe alguien como usted, o sea una copia suya, que ahora mismo lee este artículo? ¿Alguien que no es usted pero que vive en un mundo igual al de la Tierra, con niebla, nubes, montañas y ciudades, en un sistema solar con siete planetas más? El transcurrir vital de esa persona es semejante al suyo, aunque es posible que usted continúe leyendo estas frases y su “otro yo” decida levantarse e interrumpir la lectura. Existe un modelo de universo con esta sorprendente predicción: usted tiene un gemelo en una galaxia situada a una distancia que da vértigo solo imaginarla: 10 elevado a 10 a la veintiocho metros de aquí. Eso es casi como decir que estamos hablando de infinito, pero no es el infinito. En universos tan inmensos los hechos más improbables tienen lugar en algún sitio. Por sencillos cálculos de probabilidad elemental podría haber un inimaginable número de planetas habitados con gente como usted, que son capaces de realizar cualquier variación posible de todas las decisiones que usted haya tomado en la vida. Esto es sólo la punta del iceberg en una teoría que cada vez va tomando más cuerpo: existen infinitos universos y nosotros habitamos uno de ellos.
A partir de ese instante las preguntas se disparan. La imaginación, también. ¿Pueden existir regiones en nuestro universo en las que el tiempo va hacia atrás? Esto es más o menos lo mismo que observar fenómenos tan extraños como que el café en la taza no se enfríe, o que la gente no envejezca, ni que los edificios acaben en ruina. La llamada flecha del tiempo tiene sentido cuando lleva una dirección y todos sabemos cuál es: el pasado precede al futuro. La taza de café al servirla estaba caliente y, según pasan los minutos, se enfría; todos los seres vivos terminan envejeciendo y luego muriendo, mientras que los edificios -si no se restauran convenientemente- se caen.

Un joven físico sueco, llamado Max Tegmark, es uno de esos pioneros en pisar suelos vírgenes con la especulación más audaz en abismos que bordean la ciencia-ficción. ¿Es posible que existan un número infinito de realidades como se desprende de lo que se ha dado en llamar “Teoría de los Muchos Mundos”? Una de las consecuencias de esta teoría (cuyas connotaciones son evidentes con la “vida eterna” de la Religión) es la posibilidad de que si morimos en una realidad, podemos vivir en otras. Para Tegmark no existe sólo una historia, sino una infinidad de historias distintas y cada una de ellas está poblada de diferentes versiones de nosotros mismos.

Otro de esos visionarios, que desde los valles de Escocia anda estimulando imaginaciones, es el astrónomo Mike Hawkins capaz de levantar dolores de cabeza a más de uno con sus ideas sobre uno de los entes cosmológicos más populares para el hombre de la calle (aunque sean pocos los que realmente lo comprenden): los agujeros negros. La pregunta de Hawkins es extraordinaria: ¿Se encuentra la mayor parte de la masa del universo en forma de agujeros negros del tamaño de un pequeño frigorífico? Pero esto no es nada en comparación con lo que afirma el cosmólogo Ed Harrison acerca de la posibilidad de poder crear -en teoría, no en la práctica- universos en un laboratorio. Lo que viene después produce escalofríos: una civilización lo suficientemente evolucionada en otro universo ha podido producir el nuestro. Pero lo importante es comprender que si nuestra limitada inteligencia puede soñar con semejantes esquemas para construir universos, seres con inteligencia muy superior, pueden saber teórica y técnicamente cómo hacerlos. Para alguien que viviera en el siglo XIX sería absolutamente impensable lo que hemos conseguido en cien años con nuestra tecnología: teléfonos móviles, ordenadores, televisión, etc. Como afirma el escritor de ciencia ficción Arthur C. Clarke, “cualquier tecnología lo suficientemente avanzada es indistinguible de la magia”.

Hacia 1270 el rey Alfonso X el Sabio quiso precisar algunos aspectos del origen de todas las cosas y formuló la atrevida sugerencia, de que si hubiera estado presente en la Creación, hubiera dado algunas pistas útiles para el mejor ordenamiento del universo. Como afirmaba San Alberto Magno, la más noble y elevada pregunta en el estudio de la Naturaleza que cabe formular es: “¿Existen muchos mundos o sólo uno?” Desde que el hombre se convirtió en un ente pensante ha viajado con su imaginación hacía los límites más insospechados de la especulación. Según William James, el destino de una idea nueva se atiene a la siguiente pauta: al principio es absurda; luego, quizás cierta; y finalmente, todos lo sabíamos desde hace tiempo.

Hoy día, no hay barreras para que la mente humana viaje a los confines de la razón y aún, más allá. Y eso asusta.

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