
...Los mozos de aquella quinta multiplicamos por 15 o por 20 las filas militares en todos los cuarteles de España, Ceuta, Melilla y el Sahara Español. Muchos de los nacidos aquel año, primero de la victoria franquista, fuimos concebidos con los olores y los restos de la pólvora en las manos de nuestros progenitores, que llegaban a casa con un permiso o la licencia provisional, tras tres años (o más) batiéndose el cobre en las fronteras de una guerra fratricida, incivil. Para casarse y tal, sobre todo tal. Y en cualquiera de los dos bandos.
Bueno. No. Que al final, unos hermanos, unos padres, unos primos estaban en el lado de los vencidos y otros, en el de los vencedores. Pero casi todos, con seguridad, jodidos y sin saber muy bien el por qué de tanta batalla.
Pero hasta llegar a aquella incorporación masiva de 1962 (en el 61 se botaba el gorro, te tallaban y te sorteaban, para saber el destino de si ibas a las plazas de Ceuta y Melilla, Canarias o te adentraban más al sur del continente africano, como era el desierto de Aayuun, en los campamentos saharauis de Smara) tuvieron que pasar muchas cosas. No era mi caso, porque yo me fui voluntario al peor cuartel de Madrid (Inmemorial, número uno) y al posterior mejor destino en aquel entonces (Juzgado Especial Nacional de Actividades Extremistas de la Primera Región Militar).
Las previsiones de la intendencia cuartelera barajadas por brigadas y sargentos del chusco en planas mayores y furrielerías se vinieron abajo, a pesar de ser años en los que en España parecía que comenzaba a amanecer, de verdad, en la cuestión económica y en la vida de pipas y caramelos. Por eso, mucha gente pasó (pasamos) hambre. Los racionamientos, que en la vida civil habían desaparecido diez años atrás, volvieron a los cuarteles. y empezaron a cojear los ranchos, las mudas, y los bagajes de toda índole y condición. Era una recesión, una crisis en toda regla, en la que el que se quedara un poco dormido podía pasar más hambre que dios talento tiene. La quinta del 61 y posteriores desbarajustamos las previsiones militares y comenzó a funcionar una nueva fórmula desaparecida, una nueva frase: los excedentes de cupo.
Éramos los niños de la posguerra que, a pesar de la mortalidad infantil de aquellos miserables años, habíamos nacido en 1940 y posteriores y salido adelante. Dijo una vez Paco Umbral que los niños de posguerra eran los nacidos entre 1935 y 1945. Y si lo dijo don Francisco, será palabra de un sindiós. Sobre todo si era para poderse incluir él mismo.
Unos niños que crecimos entre los silencios y las conversaciones a medias de nuestros mayores (padres, madres, abuelos, tíos…). Pero listos como el hambre (listines y comedores, como los hijos de la noche). Por eso, no es de extrañar que el bueno de Garzón, que no nació entre esa horquilla sentenciada por Umbral, tenga que andar preguntando, exigiendo, comadreando, susurrando, buscando (como agua de octubre que manda el diablo), el acta de defunción del general (ísimo) Franco y demás compañeros mártires. A la vez que ordena el desenterramiento de represaliados, asesinados y vencidos en aquella nefanda contienda.
Éramos niños de la posguerra incivil y creo no confundirme mucho si digo que casi todos sabíamos de qué hablaban en susurros y en silencios entrecortados nuestros mayores, en aquella triste década de los años 40 del pasado siglo. Muchas veces nos confundieron con sus fonéticas, con sus frases hechas, con sus palabras inventadas. Pero sí. Casi todos los niños de la posguerra comenzamos a saber, a entender lo que eran los 'paseados', los 'coches y autobuses fantasmas', los 'tiros de gracia del hijoputaese para estar bien seguro de la muerte', las 'fosas comunes', los 'cadáveres en la cuneta', las 'manchas oscuras en la tapiadeatrás del cementerio'. O los sollozos de alguien que contaba aquello de "y les dije, donde caiga este caemos todos y el hijoputaese mandó dar la vuelta esa noche".
El resto lo puso nuestra imaginación, nuestra fantasía. Porque los niños de la posguerra tuvimos hambre, mucho hambre, ganas de hacer cosas sin conseguirlo, pero también mucha fantasía echada palante. Y de cualquier mancha en la tapia del cementerio que veíamos a pleno día, hacíamos, a la atardecida, una novela por entregas; y de cualquier montón de tierra movida en los montes veíamos salir fuegos fatuos de camposanto.
Y algunos de esos chicos (chicas) de posguerra que sabían o imaginaban dónde podían estar sus seres queridos 'paseados', cuando llegaron los primeros años de la seudo democracia en transición, indagaron y lograron desenterrarlos y cobijar sus huesos en lugar sagrado. Aunque no creyeran mucho en el más allá. (En 1977, una magistrado bañezana, niña de la posguerra, sacó a su padre de una fosa, en la que hace unos días encontraron a los represaliados 'bañezanos'. Muchos lo supinos entonces. Pero hubimos de callarnos, bajo ciertas amenazas judiciales o, simplemente, como solidaridad de los niños de la posguerra). Otros esperaron a que ganaran las elecciones la izquierda, los socialistas, y se quedaron con las ganas. Porque el gran jefe había dicho que era mejor dejarlo estar, perdonar sin olvidar, practicar la transición…, para que la democracia se fuera caramelizando, fortaleciendo (tras un falso golpe de estado), creciendo y multiplicándose.
Después, ZP, ya en el poder monclovita, homenajeó a su abuelo y capitán 'paseado' y pasó a limpio lo que Felipe no quiso hacer. Pero eso es otra historia.