
...Los últimos baluartes que le quedan a la cultura más ancestral se desmoronan, en muchos casos, ante el despoblamiento del mundo rural. El arte y los testimonios arqueológicos son las últimas páginas de un libro a punto de cerrarse para siempre. Hay pocas experiencias semejantes a visitar alguno de tantos recintos sagrados de cualquier pueblo de nuestra geografía provincial, en el que el tiempo parece fluir de forma distinta. Durante muchos años he descubierto lo que es la soledad, mientras la luz cambiante de la tarde me revelaba detalles escondidos o el ruido del viento en las grietas me devolvía el eco de la desolación a través de los siglos.
Para quienes hemos tenido que escudriñar esquina por esquina, los entresijos de tantas y tantas iglesias que aún reservan sorpresas a quien tiene paciencia para recorrerlas al detalle, la reciente aparición de El Patrimonio desconocido del Bierzo. Iglesias (El Mundo-La Crónica de León) es todo un acontecimiento. Con un texto preciso de Javier Santiago Martínez, perfectamente ensamblado en el conjunto de imágenes realizadas por Luis M. Prieto Gaztelumendi, la obra es un fastuoso despliegue visual con la mirada puesta en aquello que muchas veces se nos escapa a la vista. Es posible, como afirman sus autores, que muchos de quienes viven en los pueblos aquí reseñados, se sorprendan ante los pormenores de expresividad y misterio que encierran sus iglesias. La mirada curiosa de Gaztelu no ha dejado de indagar en el alma de los templos bercianos para enseñarnos lo mejor de su patrimonio.
Pienso, por ejemplo, en el sorprendente rostro del Demín, el demonio de Parajís, localidad cercana a Balboa o en la bellísima expresión del Cristo crucificado del siglo XIV de la iglesia de la Asunción de Cacabelos, sin olvidar el detalle de las cartas que juegan, ajenos al mundo, Santo Tomás y el Niño Jesús en la tabla del santuario de la Quinta Angustia en esta misma localidad. Para quienes nos gustan las “piedras”, Gaztelu se ha esmerado en las dos páginas dedicadas al monasterio de Santa María de Carracedo. Marcas de cantero, decoraciones incisas, rosetas y nudos de Salomón adquieren en estas fotografías el protagonismo que se merecen, como testimonios de una cultura simbólica medieval, enraizada en la mente abstracta del ser humano. “La imagen imponente” de Carracedo, en palabras de Javier Santiago, le convierten en uno de los lugares más grandiosos de todo el Bierzo, donde entorno y piedra procuran un pequeño milagro: que el paso del tiempo sea aquí más benévolo con el hombre.
La imaginación se dispara con los enigmáticos rostros que ostentan las calzas de los santos niños Justo y Pastor en Compludo, o en el fascinante muestrario de canecillos de las iglesias de San Esteban y San Miguel de Corullón; una vez más el imaginario medieval nos habla de los arcanos de la vida y de la muerte. Desde esta hermosa localidad cercana a Villafranca, se nos da noticia de una extraña factura emitida en 1931 con el detalle de los trabajos de restauración del retablo de la iglesia de San Pedro, en la que, y entre otras curiosidades, se dice lo siguiente: “Por renovar el cielo, apuntar y ajustar las estrellas y limpiar la luna. 40 pesetas. Por avivar las llamas del Purgatorio y restaurar almas, 160 pesetas. Por volver a encender el fuego del Infierno, poner una cola al Diablo, componer su pezuña y hacer varias menudencias a los condenados, 40 pesetas”. Economía teológica al más alto nivel.
Hay muchas calaveras en las iglesias, espadas de santos con aspecto popular prontas a descargar su hoja, cristos sencillos y amables que parecen niños crucificados, tallas de vírgenes sedentes con el niño, algunas tan excelentes como la de Lusío, e incluso, una impresionante efigie de San Benito de Palermo, un franciscano negro, hijo de esclavos africanos que se conserva en Las Angustias de Molinaseca.
La humildad de Santa María de Vizbayo se manifiesta en la factura de sus ventanales románicos y la magia de Santiago de Peñalba es enigmática, cuando se contempla el detalle del arco en rojo y blanco, con influencias de la mezquita cordobesa. Y en el camino a Compostela, Ruitelán comparte leyenda con la localidad de Valdorria, en la montaña leonesa del Curueño, teniendo como personajes centrales a San Froilán, la gruta, el lobo, la caballería y las alforjas.
En la Capilla de la Visitación de Salas de los Barrios, una virgen de gesto angustioso, pero contenido, recoge con dulzura la mano de Cristo muerto. Sin embargo, la actitud del crucificado en el monasterio de San Andrés de Vega de Espinareda es de paz y serenidad, como de alguien dormido plácidamente que acuna la memoria de Jimena Muñiz, la amante de Alfonso VI, sepultada en este recinto y cuyo epitafio, conservado en el Museo de León, inspiró al poeta berciano Juan Carlos Mestre, un estremecedor poema sobre palabras tan lúcidas.
Villafranca es un paraíso para los amantes del detalle fotográfico. Si en cualquier época del año sus calles invitan a enamorarse del silencio y de una extraña forma de paso del tiempo, la Historia campa a sus anchas por los recovecos de sus iglesias que Javier Santiago se esfuerza en resumir. Hay tanto para fotografiar que imagino los quebraderos de cabeza de Gaztelu para decidir entre tantas posibilidades. Una vez más la piedra parece alcanzar protagonismo en las soberbias imágenes de la Puerta del Perdón de la iglesia de Santiago, sin olvidar la inigualable expresividad del Cristo Crucificado del siglo XIV del altar mayor.
Por supuesto que hay muchas más localidades bercianas con secretos y rincones, porque el Patrimonio del Bierzo es inabarcable. Al margen de las características documentales y visuales de este libro único, la gran labor de Javier Santiago y Luis M. Prieto Gaztelumendi es sacar a la luz “la memoria de todos los que fueron construyendo esta comarca con el paso de los siglos” y cómo, cada uno de estas iglesias, “desde la más humilde hasta la más majestuosa, tiene su pequeña o gran historia”. Pero hay algo más: este libro es un aviso de los peligros de ruina y destrucción que acecha a un patrimonio, como el que aquí se nos muestra, que es la propia raíz del Bierzo, de su grandeza y de su singularidad.