
...Todas estas preguntas vienen a cuento de un descubrimiento, aparentemente no muy significativo, pero que podría abrir una caja de Pandora hacia otra forma de entender nuestra propia realidad. Se trata del “microquimerismo”, o sea, cuando las células de una persona se entremezclan en el organismo de otra.
Cada uno de nosotros poseemos, además de las ingentes cantidades de células que proceden del óvulo fecundado, un conjunto de ellas procedentes de otros individuos genéticamente distintos. Cuando una mujer queda embarazada existe transferencia de la madre al feto y de éste a la madre, quien albergará células extrañas que se mantienen en su organismo durante decenios y que pueden producir enfermedades (problemas de inmunidad) o curarlas (regeneración de tejidos dañados). Estamos habituados a escuchar las “explicaciones” que aporta la medicina sobre diferentes enfermedades que hoy día andan en boca de todos, calificándolas de “autoinmunes” y, por lo tanto, sin solución, como es el caso de la esclerosis múltiple, la artritis reumatoide, el lupus eritematoso y un largo etcétera de afecciones con el mismo origen. Por el contrario, y en su lado positivo, el microquimerismo fetal podría aprovecharse para tratar enfermedades neurodegenerativas. Cara y cruz de la misma moneda.
La cuestión es que, posiblemente, todos nosotros somos microquiméricos y mantenemos durante muchos años células procedentes de nuestra madre, heredadas a su vez de nuestra abuela y de una mezcolanza apasionante de los propios hijos que tuvo (nuestros tíos), todo ello transmitido en dos direcciones y entre nuestros propios hermanos (el hermano mayor pasa a la madre células y ésta las volvería a pasar a un segundo hijo). Un absoluto lío genético, en el que andan involucradas generaciones distintas, que los análisis han puesto en evidencia. Es obvio que sólo las mujeres embarazadas son portadoras de microquimerismo fetal, pero al microquimerismo materno están sujetos todos: hombres, niños y mujeres aunque nunca hayan estado embarazadas.
Los investigadores han ido más allá. ¿Pueden las células que hemos heredado de la madre (y toda su progenie) o las que ha heredado ésta del feto abrirse camino hasta el cerebro, tras haber superado la barrera hemoencefálica? Ya se han hecho experimentos con cerebros de ratones y las conclusiones son fascinantes, porque existen muchas posibilidades de que las células maternas afecten al desarrollo del cerebro. Aún hay más. Se han recogido pruebas indirectas de que durante la lactancia pueden pasar células de la madre al bebé y permanecer alojadas en su organismo durante un espacio de tiempo considerable.
La última parte de esta historia es aún más inquietante. ¿Existe microquimerismo en las relaciones sexuales? ¿Existe transferencia de células, procedentes de la persona con la que dormimos en el mismo colchón, manteniéndolas en nosotros durante decenios, sin saber realmente qué efectos tienen en nuestro organismo? No se sabe. Pero resulta tentador imaginar las consecuencias que tendría el descubrir que así es. Fijándose únicamente en algunas reacciones de tipo orgánico, esas que se manifiestan después de muchos años de convivencia (determinadas intolerancias que antes no se tenían y que coinciden con las de nuestra pareja; manías de tipo alimenticio que hacen su aparición algunos años después de la boda; detalles sutiles en el funcionamiento del intestino y de la vejiga; alergias compartidas, etc.) no se puede por menos que considerarlas sospechosas.
Pero lo arriesgado sería imaginar que nuestros circuitos cerebrales, y quizás nuestra forma de ser, puedan sufrir leves transformaciones, o no tan leves, por la transferencia de células de nuestra pareja, que se alojan en nuestro organismo treinta o cuarenta años y que, en muchas ocasiones, sobrevivirán al amor o a la pasión de sus protagonistas. No me dirán que no les estoy dando una buena excusa literaria para una novela sugestiva.
Y ya puestos a especular (algo muy humano, por cierto), se podría deducir que la existencia en animales superiores de contactos bucales, de los cuales el beso (y sus derivados) es el más genuino representante, tienen que ver con mecanismos evolutivos para favorecer el microquimerismo en ciertas especies, en un intento de allanar diferencias en las relaciones personales y sociales (o, en un momento determinado, -¿por causas químicas?- de aumentarlas). Saliva y roce físico: un buen preámbulo a universos más íntimos, para intercambio de células que no sabemos lo que pueden dar de sí en nuestro organismo. Es tentador pensar que tantos años de pieles compartidas y secreciones de todo tipo puedan tener sus efectos. No todo va a ser comunión de ideas. Por eso, el dicho popular de que “Dos que duermen en el mismo colchón se vuelven de la misma condición” posiblemente sea verdad y tenga explicación científica, aunque hoy día no sepamos hasta qué punto.