
...de las religiones, Alfonso M. di Nola, sobre la antropología de la muerte, en sus manifestaciones de duelo y luto (
La negra señora. Antropología de la muerte y el luto. Barcelona, 2006.
La muerte derrotada. Antropología de la muerte y el duelo. Barcelona, 2007.
Ediciones Belacqva). Resulta interesante recoger algunas reflexiones y presentar un escueto resumen de las investigaciones que el autor italiano realiza sobre mecanismos y actitudes personales y sociales ante los terrores y angustias mortuorios, y a cómo las culturas resuelven el caos que sobreviene a una defunción.
“La especie humana es la única que sabe que ha de morir y lo sabe únicamente a través de la experiencia”, escribió Voltaire. No somos conscientes, pero es algo real: las personas sanas están en relación continua con la muerte tanto como con la percepción del paso del tiempo. Mientras gozamos de salud, estamos activos y somos productivos, mantenemos a raya ese trato. Y aunque vivimos como si nunca tuviéramos que morir, esa ingenuidad desaparece cuando la muerte perturba el entorno familiar o el de las amistades personales. Nos damos cuenta de la existencia de la muerte cuando la vemos en los otros y, a partir de ese momento, comprendemos que nos espera el mismo destino. Entonces comenzamos a tener plena conciencia de que, en principio, “se mueren” los demás; luego se tiende un vínculo al escalofriante “yo muero” que, tras un proceso de divagaciones y esperanzas, se transforma en el más aséptico y genérico “se muere”.
Las culturas crean mecanismos de tutela y defensa para superar las diferentes situaciones traumáticas, ya sea en forma mítica, proyectando al ser en una nueva vida -con lo cual los vínculos entre el muerto y el grupo no se rompen drásticamente- o mediante ritos, que se concretan en sistemas de luto con intrincadas esquematizaciones de comportamiento, cada vez más en desuso.
El triunfo sobre la muerte es más que nada una derrota sobre la invasión devastadora del acontecimiento, al devolver al individuo y al grupo, a la senda del goce pleno de la vida, mediante dos grandes invenciones culturales: el luto y el duelo. Los antropólogos que han estudiado los aspectos de las peculiaridades mortuorias señalan algunas particularidades de éstas: el concepto de la buena y la mala muerte en la Edad Media y en siglos posteriores, los casos de agonía prolongada, el drama de la muerte infantil, los cadáveres vivientes en las tradiciones populares, los juicios particulares, las apariciones, los fantasmas y las visiones, las predicaciones del terror o las moradas de los muertos.
Así mismo los aspectos arcaicos del luto, como sistema que se opone al morir y reconduce el gusto por la vida a través de los signos simbólicos del pan, el sexo y el juego, ilustran algunas manifestaciones extrañas en el duelo: las reacciones psicosomáticas que aparecen en ciertas personas tras la muerte de un ser querido; los extraños entierros de insectos y animales; los elementos de luto presentes en las estructuras arcaicas del carnaval; los rituales exhibicionistas y obscenos en cultos populares cristianos; los disturbios sociales y los saqueos rituales tras la muerte de un dirigente o las relaciones entre luto y sexo (con intensificación de la libido tras el periodo de luto), extensible, quizá, a todas las culturas humanas.
El mundo occidental ha cortado radicalmente los lazos entre la colectividad y el grupo de personas que atraviesan el duelo. Lo que se denominaba antes “tregua de la vida”, o sea la suspensión temporal de rencores, odios y animosidades, para ponerse a disposición de la familia del finado, ha sido reemplazado por la experiencia de la soledad radical del hombre frente a su propia muerte y del grupo familiar, a la hora de afrontar el trauma de la pérdida. El problema es, como afirma E. Fromm, que nuestro tiempo niega pura y simplemente la muerte y con ello el fundamento ideológico de la existencia. Además la muerte ya no pertenece al agonizante o a su familia, pues la gestiona la dirección del hospital correspondiente, lo que ha conducido al sentimiento del anonimato radical del acto de morir. Se ha sustituido el hogar como lugar natural de la muerte, por el hospital en el cual el aislamiento es total y angustioso.
Un médico como E. Kübler-Ross ha escrito que el traslado al hospital de un enfermo es el primer episodio de la muerte, al menos en muchos casos, y afirma lo siguiente: “[El enfermo…] podrá desear que alguien se pare un minuto para preguntarle algo, pero tendrá alrededor de él a una docena de personas extremadamente ocupadas y preocupadas por su ritmo cardíaco, el pulso, el electrocardiograma o su función pulmonar, sus secreciones o excreciones, pero no de él en tanto que ser humano”.
Di Nola afirma que el morir es ante todo y contradictoriamente un hecho personal y social. La muerte nunca deja de ser un drama que afecta a la persona con independencia de sus implicaciones sociales que, a pesar de todo, están siempre presentes y suponen una secuela antropológica de importantes dimensiones. Para ello invoca la autoridad de Pascal que lapidariamente escribió: “Nos complacemos en reposar en la sociedad de nuestros semejantes que, miserables como nosotros, impotentes como nosotros, no nos prestarán ayuda: se muere solo”.