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EL DESVÁN DE LAS ESTRELLAS
De clásicos, soledades y lecturas
Confieso que, después de muchos años animando a conocidos o amigos a “leer”, me asaltan las dudas ante semejante consejo...
Por Juan Luis P. López de la Calle
...Quizá, a estas alturas de la vida, lamento que en mis tiempos de estudiante nunca me dieran razones realmente convincentes para ello, si es que me dieron alguna. Tuvo que ser mi propia inquietud la que se abriera camino por selva tan intrincada y sin tener una planificación de los libros a los que debería acceder. Pero aún me duele más, que nadie se preocupara por enseñarme que lo verdaderamente necesario era leer a los clásicos.

Curiosamente muchos hemos llegado a ellos por necesidad, porque estás harto de las tonterías que te dicen la mayoría de los libros y encuentras ese preciado momento de lucidez, tras las cantidad de tiempo que hemos perdido leyendo banalidades, especialmente las de una gran parte de los escritores actuales. Además, y en mi caso personal, resulta patético e irónico pensar que, demasiados años después de haber estudiado una carrera que te capacitaba para educar, hallo ahora respuesta a su finalidad. Y esto viene a cuento cuando se medita una de las razones más fascinantes que se han argumentado para leerlos. Me explico. Cuando George Steiner afirma que “sabemos ya por Pascal y Montaigne que el objetivo de toda educación consiste en no tener miedo a permanecer solos en una habitación silenciosa”, se muestra coincidente con lo que el prestigioso crítico norteamericano Harold Bloom comenta a propósito de la lectura de los libros denominados canónicos (a pesar de que elaborar una lista de libros canónicos, o sea clásico entre los clásicos, resulte muy subjetivo): “… lo que esos libros pueden provocar en nosotros es que utilicemos adecuadamente nuestra soledad, esa soledad que, en su forma última, no es sino la confrontación con nuestra propia mortalidad”.

Parece cierto que leer a Shakespeare no nos hará mejores ni tampoco peores, y más desde que sabemos que alguien puede leer a Rilke por la mañana y trabajar en el turno de tarde en Auschwitz, como si tal cosa .Pero es muy posible que algunos de los personajes nacidos del genio de Strattford, nos enseñen a oírnos cuando hablamos con nosotros mismos, y que nos sugieran cómo aceptar el cambio, en nosotros y en los demás, y la forma definitiva de ese cambio. O, como ha subrayado Christopher Hitchens, nos parece que Shakespeare, Tolstói o Dostoievski… plantean los dilemas éticos importantes mucho mejor que los cuentos morales mitológicos de los libros sagrados (la cursiva es mía). Sin olvidar que, incluso leer a autores como Chejov le convierten a uno en más tolerante con los demás, a la vista de la banalidad, la falta de ideología, el manso conformismo, lo chabacano, la egoísta estrechez de miras y el desdén contra la ciencia y el arte que invaden a la mayoría de los seres humanos y que tanto protagonismo tienen en las obras del autor ruso.

La soledad es un concepto perdido porque tiene que ver con el silencio (“el más gracioso ornamento del espíritu”, como lo define Lorenzo en El mercader de Venecia) y es de lamentar la educación que hemos recibido para la verborrea inútil y el ruido constante. La incapacidad de las jóvenes generaciones (y de algunos no tan jóvenes) para sumergirse en el acto íntimo de leer -algo parecido a estar dispuesto a recibir un invitado muy especial cuando llega la noche- revela el desconocimiento de la propia identidad y la posibilidad de saber, como añade Steiner, que “una buena lectura paga una deuda de amor”.

Nuestro tiempo es limitado y eso se aprende cercanos los cuarenta. Cada día aparecen más libros en el mercado, pero nuestra existencia tiene veinticuatro horas menos, con lo cual uno se encuentra en el dilema de escoger. Es como la inversión en Bolsa: hay que fiarse de los valores seguros, en este caso, de aquellos autores capaces de soportar una relectura que nos abran nuevos horizontes e interpretaciones distintas según cumplimos años (Cada redescubrimiento anual de El rey Lear es una sacudida, un inquietante proceso interior que, en el proceso de su lectura, trasciende el propio hecho literario y adapta el personaje del viejo rey a la edad del lector). Una cosa es cierta: lo mejor que podemos hacer con los libros que no aguanten la prueba de la relectura es meterlos en cajas y llevarlos al desván.

Mientras escribo estas palabras la tarde de verano transcurre en una magia sostenida hacia esa “placidez de alma” de la que hablaba Machado. Hay un silencio monástico en esta habitación repleta de libros que me contemplan desde las estanterías. Me pregunto por mi complicidad con quienes han leído o leerán en el futuro algunas de las obras que tengo en mis manos. Me pregunto por el tiempo que pasa sobre nosotros, que nos deja atrás inevitablemente y nos entrega en manos de la soledad. Es el destino.

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