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CON VENTANAS A LA CALLE
Campanas, para joder…, las de La Bañeza
Cuando yo era monaguillo, allá por la década de los 40 del pasado siglo, una doña muy beata y piadosa..,
Por Polo Fuertes
...a la sazón viuda desde hacía media docena de años, me decía los domingos, cuando iba a tocar para la misa de nueve y media, la de Acción Católica: "Polito, toca a modo, no vaya a despertarse don…, que quedó en la cama", y daba el nombre de su difunto marido. Yo obedecía de inmediato, porque la buena mujer era una de las que mejores propinas nos daba a los monagos de aquellos años de penuria.

Y es que en aquel entonces, las campanas de la iglesia de Santa María de La Bañeza se tocaban a mano, como Dios manda, y podías hacer maravillas con los badajos a la hora de repicar, de tocar a difuntos (niños y adultos, que era distinto), de tente nube y todos aquellos en los que las cuerdas de cáñamo y las manos tenían algo que ver y sincopizar, como bien nos había enseñado el entonces sacristán, señor Albertano. No cuando se volteaba la campana pequeña de las grandes, en lo que era casi imposible retener el diapasón de los bronces.

Bueno, aquello se acabó hace muchos años. El dicho ese de 'no se puede ir a la procesión y repicar las campanas' desapareció el día que, por ahorrar costes de acólitos y sacristanes, se puso electricidad desde la sacristía y solamente hay que apretar un botón o programar las horas, para que las campanas comiencen un insólito campanear, sin orden ni concierto y joder a los vecinos más cercanos (en un radio de 50 o 60 metros a la redonda, entre los que me encuentro). Sobre todo los domingos por la mañana, cuando las sábanas de fiesta se pegan a los cuerpos y los bebés sueñan su última toma  de teta o del biberón.

Son campanazos sin pentagrama, desacompasados y un tanto salvajes que  hacen desistir a los sufridos feligreses de ir a misa, por muy buenas intenciones que tuvieran la víspera de fiesta guardar. El concierto campanil impresentable, con una duración de cuatro minutos, reloj en mano, se repite cada media hora (o menos), desde las ocho cincuenta de la mañana, hasta bien pasado el mediodía. No tiene término medio. Zambombazo y tente tieso. Y al que Dios se la dé (que no es ello), don Jerónimo se la bendiga.

He comentado el aserto con el actual párroco de la iglesia bañezana, adscrito a mi feligresía, don Jerónimo de nombre, paramés de nacencia y gallego de ejercicio profesional, el que después de tres años, aún no ha entrado La Bañeza en él. Asegurándole que, por ese camino, mi anticlericalismo no va a mermar punto alguno, por mucho que repique y voltee las cuatro campanas y campanillas, con mando a distancia desde la sacristía. Él sonríe (es un decir) y solo sabe que decir: "ay, Polo, Polo…".

La penúltima (porque este domingo volvió a las andadas) cascada campanil de la parroquia bañezana tuvo lugar el día de La Patrona (15 de agosto), fiesta por excelencia en La Bañeza. A joder que son dos días. Y es que sabiendo que se le iba a llenar la iglesia de gente, con autoridades laicas incluidas y toda la pesca, el bueno (es otro decir) de don Jerónimo enchufó el campanario electrónico a toda pastilla, sin percatarse que sus sufridos y pacientes feligreses de la Plaza Mayor y aledaños habían estado aguantando los decibelios de la orquesta festiva hasta bien entradas las cuatro y media de la madrugada.

Desde luego, ya no existen doñas beatas (viudas a la sazón) como las de antes que pagaban a los monagos suculentas propinas de céntimos de peseta para que los toques de la misa de Acción Católica fuera a modo, no fuera a ser que se despertara su esposo (muerto y bien enterrado seis años antes), vecina cercana de la iglesia en cuestión, en la calle Astorga. Qué suerte tuvo aquella doña piadosa y dadivosa en no tener un párroco (¿sordo?), que solo tiene que apretar un botón desde la sacristía para joder a sus feligreses, con campanazos desacompasados, cada domingo, desde primeras horas de la mañana. Tan, tantan, tantán, tantantán, tantantantán, tantan, tantán, sin pentagrama ni compás. Hay que escucharlo, oiga.

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